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Publicado: 24/09/2004


 

''BONNE NUIT TRISTESSE''



Nos ha dicho adiós Françoise Quoirez, aquella pálida muchacha inquieta, inconformista, provocadora y ''révolte'' que se hizo famosa en apenas un mes con el nombre de Françoise Sagan, cuando apareció ''Bonjour tristesse''.

Harta de vivir tantas y tan laberínticas existencias en conflicto con las drogas, las amistades peligrosas, las acusaciones de corrupción en la proximidad de Mitterrand y algunos procesos por delito fiscal que estuvieron en un tris de enviarla a la cárcel, ha muerto de una embolia pulmonar en el hospital de Honfleur, esta tarde del 24 de septiembre de 2004, sin apenas hacer ruido y solitariamente como vivió un tiempo desde el aturdidor ''succès'' de 1954 al salir su primera novela cuando tenía sólo diecinueve años. Porque aprendió entonces que la vorágine de la fama es solo una ventolera súbita, un huracán enardecido que puede arrastrar y aún dañar irreparablemente a un espíritu ensimismado y reflexivo.

Sin embargo muy poco después, en 1956, publicó ''Un certain sourir''; al año siguiente, ''Dans un mois, dans un an'', y acabó el decenio con ''Aimez-vous Brahms?''. Fué un tiempo en que los universitarios europeos iban con un libro de ella bajo el brazo, porque sus obras no se sustentaban en valores prescritos ni sucedían en escenarios convencionales como las de los autores adultos que dicen hallarse de vuelta, sino en la visión de una adolescente como ellos, sin duda más perversa pero dubitativa como ellos, perpleja ante la vida como ellos, absorta por mil descubrimientos y agitada por la tumultuosa pasión incontenible.

Antes de la Revolución del 68, escribió aún ''Les marveilleux nuages'' (1961) y ''Chamade'' (1965). Había dado su grito de rebeldía, que no sé hasta que punto tiñó en lo hondo las jornadas de Nanterre, pero aunque no renunció a su prístina rebeldía, no cosechó los éxitos de antaño con ''Des bleus à l'âme'', ''Le lit défait'' e ''Il fait beau jour et nuit'' de 1972, 77 y 79. Sus lectores habían cumplido años como ella y eran capaces de entender ya las novelas que escribían las personas mayores que ellos también habían alcanzado a ser.

Dicen que la juventud es una enfermedad que se pasa con los años. Pero durante la convalecencia por fortuna nunca concluída de tan grave dolencia, uno guarda en el corazón o entre sus libros, el recuerdo de aquel beso, la evocación de aquel perfume, el pétalo de aquella rosa, el ardiente tacto de aquel cuerpo, y el vestigio de un sollozo amargo como ninguno. Y en los estantes más polvorientos y sin duda más cálidos de mi biblioteca, estoy viendo ahora los lomos de sus libros y el más manoseado de ''Buenos días, tristeza'', escrito por una amada que no fue: una chica feílla, breve y delgaducha, de rostro imperceptible y mirada irrelevante, que emergía del existencialismo de posguerra y tenía como yo los ojos enrojecidos de leer a Gabriel Marcel, Jean Wahl, Jean-Paul Sartre, Karl Jaspers y Martín Heidegger, demasiado alemán para mi maestro José María Valverde que le dedicaba epigramas (''...cascando las palabras como nueces / alumbra Don Martín perogrulleces'')

Esta tarde se ha muerto la novia que nunca tuve, sin saber de su mal ni sospechar su final tan próximo. Estaba ahí un poco olvidada en un anaquél, pero presente. Y al saber que no está, he sentido un vahído de vertigo: el vacío de haber perdido una parte de mi vida. ''Buenas noches, tristeza''.

Darío Vidal

24/09/04

 

       Bonne nuit tristesse (24/09/2004 23:57)


 

CUANDO ESTALLA UNA ESTRELLA


Las ideas, los empeños, los proyectos compartidos son como organismos vivos: son entidades que nacen viven y mueren; son cosas que florecen y se descomponen. Quién más, quién menos, ha asistido al nacimiento de una aventura o ha sido su impulsor, sumando la voluntad y el entusiasmo de otros que se han adherido superando la personal tendencia a la disgregación, venciendo el individualismo, y destronando al rey que cada cual lleva dentro.

Cuando el vigor, el magnetismo, la ideología, la fascinación y la voluntad de uno atráe a los demás e interpreta otras voluntades, la cohesiva fuerza centrípeta que iguala y uniforma se impone a la centrífuga que alienta a la exaltación del yo. Pero cuando el núcleo cede en su porfía unitiva, la estrella estalla y se desintegra en sus partes constitutivas. Lo vemos en política. Y por no remontarnos más que a nuestra recuperada democracia, tenemos el recuerdo del colapso de UCD, la memoria del triste ocaso de Felipe González que arrastró al PSOE a un desorden del que no se ha recuperado, y percibimos ahora el roto que se le ha hecho al PP en Galicia, tal vez por causa de su propio fundador, que insiste en pervivir sin resignarse a que sus restos fertilicen la tierra. Para que algo florezca es necesario que la vida abone la tierra. Pero Manuel Fraga ha elegido el modo más patético de perpetuar una obra: ha escogido continuar, y de ese modo arrastrará al partido que fundó por la pendiente de su decadencia personal y el trayecto menos brillante de su biografía.

No es sorprendente. Sucede también en las empresas familiares, que el patriarca no encuentra el momento de ceder la gestión al primogénito. Y suele atraer la ruina. Pero por no desviarnos con parábolas, ahí están Adolfo Suarez aglutinando a un grupo necesario para acometer una dificil tarea necesaria, que se disolvió cuando la hubo cumplido; ahí a Felipe González oreando a una sociedad anquilosada que no quería retirarse al concluír su misión, arrastrando su partido acéfalo y sin recambio a un desorden del que no se ha recuperado; y aquí la actitud de un Aznar que se arrepiente de un adios que pudo ser bello, y que va a estropear la imágen de buen presidente que pudo haber dejado. Porque la resistencia a retirarse como prometió, está minando la autoridad de su sucesor y debilitando la solidez de su partido.

Mirando a distancia, parece que no hemos tenido tan mala suerte hasta el momento, si pensamos en el camino andado y la tarea realizada por cada uno de los presidentes de la Democracia, dejando de lado las humanas flaquezas. Si el presente nos turba es por la endeblez del actual presidente, benévolo, desnortado, vacilante, maleable y muy poco substantivo, pero no exento del compartido propósito de persistir, aunque en su caso carezca de proyecto e ignore cuál es el siguiente paso que la Historia de España le demanda. Ojalá me equivoque.

Igual que la corrupción invade el cadaver cuando sus órganos carecen de función, ya que el cerebro se niega a dirigirlos y darles órdenes para que ejerzan la tarea para que fueron concebidos, así se disgregan las empresas humanas cuando un lider reconocido ampliamente como tal, no le insufla su soplo de vida sugiriéndole un proyecto atractivo que acometer.

Por eso la ruptura de un partido es una desgracia colectiva. Como una estrella que estalla.


Darío Vidal

24/09/04

 

       Cuando estalla una estrella (24/09/2004 21:41)