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Publicado: 20/09/2004


 

LA TENTACIÓN DEL OCIO



La más remota aspiración humana ha sido no hacer nada. No dar un palo al agua, vamos: no hincarla. Solo los más sabios llegaron a la conclusión de que quien no se esfuerza se degenera y degrada, como sucedía con los privilegiados miembros de las familias poderosas. Pero entonces no temían la molicie de los miembros del grupo porque la mera subsistencia exigía trabajo. Había que cultivar la tierra, pastorear los ganados, acarrear las cosechas, ir a por el agua, preparar los alimentos desde el sacrificio de los animales hasta su limpieza, aseo y preparación en el hogar, lavar en los arroyos, tender en los arbustos, hacer leña, almacenarla, llevar el pienso a los animales del corral, criar a los hijos, atender a los ancianos de la casa algunos demenciados y peores que los niños, soportar el calor, pelear con el frío, ayudar a los vecinos que tantas veces nos habían auxiliado a nosotros. Y eso cada día porque el agua se estropeaba, la carne se podría, la leche se pasaba y los niños ensuciaban como ahora y no había frigoríficos ni lavadoras.

En lo que sí les aventajamos es en estrés, que es la tentación neurótica de hacer más cosas y más aprisa, aunque muchas veces no sepamos para qué y estén mal hechas.

Todo el proceso civilizador ha tendido a facilitar la vida, a hacernos más cómoda la existencia. Mas como carecemos de memoria, esas conquistas no nos hacen más felices porque ignoramos o hemos olvidado el esfuerzo perpetuo de nuestros abuelos, cuya vida consistía en un perpetuo esfuerzo para seguir viviendo. Y cuando se superó esa fase de economía autárquica y primaria, se inició la era de la esclavitud industrial y el desarraigo rural, mucho más sórdida y amarga que aquella indigente libertad. Nada de cines -o mejor, teatros- más que en alguna rara ocasión que recordaban mucho tiempo; nada de fines de semana; nada de vacaciones; nada de viajes como no muriera un pariente.

A medida que se prodigaron las conquistas el hombre fué recuperando su sueño de no hacer nada al parecer más cercano que nunca. Y se puso a fantasear en una Sociedad del Ocio en que todo lo hicieran las máquinas. Y ahí nos embarcamos, sin contar con que paradójicamente el ocio iba a generar paro, que es un ocio indeseado y misérrimo, y que el ser humano, que es un ''ser para el nec-otium'', esto es para la acción y el esfuerzo, iba a sentirse perdido sin tarea. Esquematizando un poco -o un mucho- la red de causas y concausas que nos empujan a obrar y a afirmarnos, y esa meta mal elegida, nos ha traído la pobreza ilustrada de quien sabe y no acepta que lo haya marginado el azar, al lado de la insatisfacción planetaria, la delincuencia, la droga, las migraciones en pos de un espejismo de Paraíso que no existe, y un rechazo de todos por todos que puede conducirnos a la aniquilación.

''Hay que llevar cuidado con lo que se sueña porque se acaba alcanzándolo”, dijo alguien. Y ya ven. Nuestra fantasía anhelaba la holganza pero nuestra naturaleza la rechaza. No sabemos qué hacer con el ocio. He aquí el conflicto del último cuarto del siglo XX y un avance de lo que nos espera en el inmediato futuro.

Darío Vidal

20/09/04

 

       La tentación del ocio (20/09/2004 16:32)