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Publicado: 19/09/2004


 

JULIA SE ME DIVORCIA


Me lo dijo ayer. Estaba con la colección de sellos sin molestar a nadie y me lo soltó de sopetón. ''Me quiero divorciar''. ''Ah, bueno'', le contesté distraído. Luego reaccioné: ''¿Qué has dicho?'' ''Que quiero divorciarme?'' ''¿De mí?'', musité perplejo. ''¿A tí que te parece?'', respondió con rencorosa ironía.

Me quedé como el día del partido contra los Marianistas. Aquel partido de hockey sobre patines que jugamos en su patio invadido por los de Jesuítas, en cuarto, cuando Pérez Lóriga me barrió con el stick, y ya en el suelo y con la tibia rota, entraron Eusebio Pes y el bestia de Mamerto arrastrándome con pelota, bastones, botas, codos y algún puño, que me dieron en la cabeza con todo. Aquel gol nos acarreó la derrota. Pero apenas me enteré. Me dolía el cuerpo, un pitido intenso me traspasaba los oídos, estaba todo oscuro mientras las Perseidas iluminaban fugaces el Universo y un intenso escozor doloriento me atenazaba como una garra desde la nuca. Julia, siempre amable, suele decir que debió ser entonces cuando me quedé tonto. Y eso que ella no estaba, que ni siquiera la conocía. Puede que sea intuición femenina.

Dijo que se iba, así como quien no dice nada. Y me recordó que hacía mucho más de tres meses que nos habíamos casado y que estaba harta de mí, de manera que cumplía ampliamente los requisitos necesarios para divorciarse según la nueva Ley que va a aprobarse.

Le pregunté como era Él y en qué me aventajaba; quise saber cuándo le había conocido y si jugaba al hockey. Y me dijo -como se dice siempre no se si por piedad o por cortesía- que no había nadie; añadió que era un ordinario y un hortera, y recuerdo que mientras recuperaba la conciencia fuí preguntándole quién daría cobijo a sus manos en invierno, quién encendería su pitillo en mis labios, quién le escogería la mejor pieza de fruta, quién acogería su parte de sentarse en el regazo las noches de invierno, para mitigar los tiritones hasta congelársele los gitanales, con tanto amor y desinterés. Pero me llamó mediocre, adocenado y prosáico. Lo cual me confirma en la sospecha de que hay alguien.

Dice la vicepresidenta doña María Teresa Fernández de la Vega, que si nadie ha de justificar por qué se casa, carece de sentido tener que justificar por qué se separa. Y puede que tenga razón. Además, nadie dice las verdaderas razones. Recuerdo que una piadosa señora, feliz madre de cuatro hijos, adujo ante La Rota que fué al tálamo engañada porque ignoraba que hubiese que hacer tamañas cochinadas. ¡Válgame Santa María!

La verdad es que yo nunca me había planteado separarme de Julia. Tengo siempre cierta pereza a cambiar de postura. Por eso me ha pillado por sorpresa. Y además no sé si me coge menos cansado que a ella de mí.

Bien pensado puede que sea mejor. Leí hace un par de años que el amor es biodegradable y que la indiferencia sobreviene cuando se oxida no sé qué proteína de origen hormonal que no suele superar el quinto año, pasado el cual la voluntad sustituye al amor. Claro que todos aspiramos a lo excepcional e idealizamos las cosas. Pero solo se idealiza lo inalcanzable.

En fin, puede que sea mejor. Ahora podré quedarme jugando al pocker con Bartolo y Marianito hasta el amanecer sin tener que entrar en casa reptando como una boa constrictor. No hay mal que por bien no venga.


Darío Vidal

19/09/04

 

       Julia se me divorcia (19/09/2004 13:15)