Hemeroteca:


Junio 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
 
       

Publicado: 18/09/2004


 

MIOPÍA FUNCIONARIAL




A fuerza de querer preverlo todo, reglarlo todo, organizarlo todo, estamos privando de espontaneidad y frescura a la existencia. El control policíaco del Estado nos encorseta y asfixia. Se puede ser ladrón, pero no un amante de su oficio. Hace unos meses asistí, como a un entierro, al último día que amasaba y cocía pan de leña la vieja tahona de Rafaél Español varias veces centenaria.

La nueva generación se había comprometido a preservar su noble oficio a costa de sacrificio y se levantaban tres veces por la noche para masar, reamasar y cocer el pan, de madrugada, con mucho esfuerzo y poco beneficio, para que los clientes gozasen de aquel pan sacramental que olía a leña y a romero.

Pero la Administración de la pequeña capital de la provincia, tan sobrada de funcionarios carentes de tarea, discernimiento y cordura, intentaba arruinarla con la aplicación de normas pretendidamente higiénicas. Era un recinto pintoresco, hermoso y pulcro, limpio, regado y barrido, que jamás había tenido un problema sanitario. Uno de esos rincones que en algunos países civilizados se conservan como un lujo y se visitan como museos, pero que en una provincia mísera, sobre todo mísera de espíritu, parecía una provocación contra el progreso.

Primero hicieron tapar con baldosas las anchas lajas del suelo; tiempo después mandaron cubrir de azulejo de bañera las paredes y aquello se convirtió en una fea ''sala de curas''; antes hubo que sustituír los largos tableros de amasar por porosos paneles de conglomerado, al parecer más higiénicos que la madera lisa, compacta y antigua. Y como el hornero no cejaba, le conminaron a que no metiera leña en el horno porque en ella podían esconderse las ratas. ¿Qué ratas si cada noche se quemaba la carga? Pero naturalmente si no se podía entrar leña en el recinto, era imposible meterla en la boca del horno y cocer pan. En otras palabras: había que sustituír el horno de leña por otro eléctrico, que no obliga a perder las noches, que es más cómodo, que cuece en un ratito, que es mas limpio y sobre todo más moderno. Y hay que desengañarse: no se puede ir contra el progreso.

En vano porfió Rafaél valientemente diciendo que le habían estropeado el horno, tan bello, tan auténtico y tan antiguo; que le habían hecho gastar un dinero que no tenía, y que no tenía interés en participar en concursos de hornos modernos; que él no quería cocer en hornos de diseño sino en su horno de leña para hacer buen pan, con su cochura medida, artesana, difícil y antigua. Y como el progresista funcionario no se avenía a razones, Rafaél (Rafaél Español Inglés, al que sus amigos llaman ''El Diccionario'' por razones obvias) les dijo que se fueran al Infierno.

Anteanoche lo vi y me dijo que vivía mejor que nunca, que jugaba con sus niños, iba al cine, salía a pasear con su mujer al atardecer, ganaba más dinero, no tenía preocupaciones y que lamentaba el tiempo que había perdido. Pero luego se lamentó de que sus niños ya no serían panaderos y me confesó con tristeza que echaba mucho de menos su oficio.

Lo que ignoran los que mandan es que Rafaél, además de ser feliz atraía turistas, esa mercancía codiciada. Habría que averiguar quién reparte la comisión para anular la competencia.


Darío Vidal

18/09/04

 

       Miopía funcionarial (18/09/2004 23:49)