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Publicado: 11/09/2004


 

REFLEXIÓN PARA UN 11 DE SEPTIEMBRE

La globalización es un peligro, sobre todo porque despersonaliza y atenta contra la identidad. Pero la pequeñez, la pequeñez complacida, petrifica.

Los españoles llevábamos a donde fuésemos un capellan y una iglesia; los ingleses, un ''club'' que les aislase y una hojas de te. Los inseguros emigran con su dios, y los musulmanes mandan por delante a Alláh que no es lo mismo, porque encarnan la intransigencia, el oscurantismo y el odio. La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal por mirar hacia atrás, pero nunca dañó a nadie.

Si repasamos la peripecia del Islam, se cae en la cuenta de la confusión entre las maneras -lo formal- y lo esencial. El Islam involuciona por temor a perderse, al tiempo que alienta una envidia infantil hacia Occidente cuyo progreso admira. Pero ignora que el Progreso no es un botín de guerra y sólo se evoluciona merced al propio esfuerzo y una disposición adecuada.

Cuando el 711 cruzaron el Estrecho, se asentaron en la Península sin resistencia, fueron bien acogidos pues eran tolerantes y tenían una civilización del mismo nivel que los cristianos. Los primeros desencuentros no están motivados por razones religiosas ni culturales sino por discrepancias más domésticas. Algunos hispanos se islamizan y ciertos musulmanes se hacen cristianos, se producen matrimonios mixtos, la nueva sociedad progresa, se tolera a los judíos, avanzan no solo las ciencias y las artes sino incluso las religiones con la aparición de los primeros místicos. Y pudo haberse consolidado una sociedad distinta e integradora que habría hecho de nexo entre los dos bloques. Pero no fué posible. En 1086 penetran los almorávides -''los consagrados a Alláh''-, unos integristas fanáticos saharianos decididos a imponer su religión por la violencia. Y aquella sociedad prometedora y original no tuvo tiempo de tomar aliento. En 1146 arremetió contra ella una nueva oleada de purificadores procedente del Atlas, los almohades, que penetran para apoderarase de sus haciendas y volver a dar un paso atrás.

Aquella vía innovadora que pudo alumbrar Tarik en el siglo VIII, había fracasado definitivamente. Pero no había prescrito la dramática y suicida apelación al retroceso entre los que llegaban. Y mientras se instalaba en Castilla la Casa de Trastámara que iba a modernizar e inspirar la unión de los reinos cristianos, y Pedro IV El Ceremonioso de Aragón se rodeaba de reconocidos sabios para fundar la Universidad Sertoriana de Huesca, una nueva oleada de magrebíes, esta vez los benimerines, se colaba por las Columnas de Hércules en pleno siglo XIV despejando las últimas dudas de los cristianos sobre la posibilidad de una convivencia creadora y eficaz con aquel pueblo africano.

Han pasado los siglos, pero no el tiempo para ellos.

Cuando llegaron a España, estaban anclados en el siglo VII, el tiempo en que Mahoma predicaba la unicidad de Dios, la inmortalidad del alma, y la necesidad de la 'yihad' o Guerra Santa para imponer la religión islámica.

Nada ha cambiado tampoco este 11 de septiembre en que lloramos la agresión de las Torres Gemelas de Nueva York, preludio de los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Es el tributo de sangre que hemos de pagar nosotros para que ellos alcancen el Paraíso.

Nada será posible si no logran alcanzar el nivel de los tiempos. Lo malo es que nadie entre ellos lo ha concienciado aún.

Darío Vidal

11/09/04






 

       Reflexión para un 11 de Sept (11/09/2004 21:16)