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Publicado: 10/09/2004


 

EL SUBSUELO DE PARIS



El jorobado de Notre Dame sigiloso y furtivo, el fantasma de la Ópera, y el universo sórdido y secreto de una ciudad tan bella y luminosa como París, se nos ha representado de pronto, con el olor húmedo y pringoso de gruta clausurada, el hedor recocido de albañal y sumidero, y la insufrible fetidéz del gas remansado que se libera en la oquedad en que anida. Mientras el chapoteo súbito de una rata que huye sorprendida, sobresalta el rumor manso de arroyo engañoso que produce el discurrir de las aguas sucias, despertando al eco.

La noticia nos acerca al lado feo, literal y literariamente tenebroso de la ciudad sumergida, sin la música lenitiva de Anton Karas, que discurre ciega y torpe bajo las calles de la otra engalanada y rutilante. Y nos muestra también que cuando creíamos terminada la era de los descubrimientos y nos aprestamos a conquistar el espacio exterior, lo verdaderamente enigmático, la clave de nuestro pasado subyace en nuestro entorno, tan ignorado como las estrellas. Pudiera ser la parábola que nos urge a explorar nuestro propio cerebro -''noscete ipsum''- para entender lo exterior.

No sé si lo han leído, pero en el subsuelo de París la policía acaba de hallar bajo el palacio de Chaillot y frente a la Torre Eiffel, una caverna de 400 metros cuadrados habilitada como anfiteatro aterrazado en la roca, con sillas, una gran pantalla, y el techo decorado con signos solares celtas, dos cruces gamadas y estrellas de David. Al lado hay una gruta menor utilizada como bar y restaurante, que se hallaba provista de una surtida bodega y licores de todas clases, vajillas, cuberterías, y una olla de hacer 'alcuzcuz' norteafricano -o 'cous-cous' como le llaman los franceses-, a la que se accede por un pequeño despacho en que se guardaban películas de ''cine negro'', se controlaban tres líneas telefónicas y un circuito de televisión para grabar a posibles intrusos.

Los policías descendieron por un sumidero próximo al Trocadero para hacer un recorrido aleatorio por los 274 kilómetros de cuevas, grutas, cavernas, pasadizos, corredores, galerías y canteras romanas subterráneas, de acceso prohibido desde 1955 por razones de seguridad, y después de pasar por una de las ''Catacombes'' en las que se apilan desde el siglo XVIII los restos de seis millones de parisinos provenientes de los cementerios que había invadido la ciudad, se tropezaron con un túnel tapado con una lona en que se leía: ''Obras. Prohibido el paso''. Penetraron, y al poco comenzaron a oir aullidos de perros de presa que al pronto les intimidaron aunque pronto sospecharon que se trataba de una grabación. Lo era. Formaba parte del sistema disuasorio instalado en el despacho.

Tres días después -demasiado tarde-, cuando la policía volvió al lugar con personal de la empresa de electricidad y de la compañía telefónica, había desaparecido todo el material sensible, se hallaban cortados los cables y una nota en el suelo decía: ''No intenteis encontrarnos''. Una escalofriante amenaza velada que hace apetecer intentar encontrarlos. ¿Se trata de musulmanes, de un grupo racista, de una secta...? ¿Quién puede tomarse tanto trabajo para comportarse de un modo tan pueril?

Reconozcan que apetece estar en la pomada, aunque de remusguillo. Es verdad que la realidad supera a la ficción.

Darío Vidal

10/09/04

 

       El subsuelo de París (10/09/2004 22:43)