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Publicado: 06/09/2004


 

EL ESPANTO DEL HORROR



La conmoción que estos días ha provocado en nosotros contemplar la carnicería de Beslan, es seguramente consecuencia del miedo a nosotros mismos. Podemos reconocernos en los que se han jugado la suya por salvar una vida y también en los que mataban desde el otro lado. Lo que no podíamos creer es que fuesemos tambien capaces de matar a los niños.

Pero ese atroz Juego de la Verdad nos ha puesto ante los ojos una realidad que nos asusta. Aquellos nobles muchachotes vestidos de camuflaje que llevaban delicadamente a mujeres y niños heridos en sus brazos; los hombres jóvenes de rostros sin edad y mirada fría e implacable, que se dulcificó al ver el espectáculo que habían provocado, son los mismos que han martirizado a los vecinos de la chechena Grozni -que en ruso quiere decir Horrorosa-, y estos días algunos hubiésemos querido tener en algún momento un arma, para irnos a Osetia y liarnos la manta a la cabeza defendiendo a los niños. Y no nos tenemos por mala gente, pero cuando hubiésemos querido darnos cuenta, habríamos cometido una atrocidad seguramente irreparable, porque el dolor de los inocentes nos habría nublado la razón.

Uno recuerda aún la crueldad de aquellos asaltos, al final de las pedreas infantiles que nos han tatuado el cráneo y modelado cráteres indelebles. No es lo mismo; aquellas peleas no estaban inspiradas por el odio: eran sencillamente un pasatiempo, un deporte apasionante de niños de posguerra carentes de pistas de atletismo, a los que Dios había otorgado a cambio la propiedad de los huertos, los regatos, el bosque, los pájaros y los montes, que eran el mundo todo. Pero si a aquellos combatientes animosos nos hubiesen inculcado el odio a los vencedores o los vencidos, como hacen en algunas ''ikastolas'' del País Vasco al referirse a ''maketos'' y españoles, como hacen en Grozni y en Moscú respectivamente, tal vez habríamos hecho lo mismo.

Despés de mucho cavilar, hace tiempo que uno llegó a la conclusión de que el ser humano no es ni bueno ni malo sino irreflexivo e intelectualmente perezoso, de modo que se instala muellemente en las ideas que menos le repugnan con el propósito de no revisarlas nunca ya y no tener que pensar. Esas ideas que la mayor parte de las veces son prejuicios, tienen el poder de arrastrar a las gentes a la muerte. He ahí la enorme responsabilidad de los políticos.

La acción más revolucionaria y valerosa que pueda pensarse es la que impulsa Daniel Baremboim con su orquesta judeopalestina, y las asociaciones que procuran el conocimiento y la convivencia de adolescentes de los dos lados de la franja de Gaza. Pero para los políticos de uno y otro bando ese comportamiento es una traición a la patria. Pero lo que ocurre es que si tal fraternidad se instalase en el corazón de las gentes, los políticos tendrían que inventar algún conflicto que justificase su existencia y no tienen fantasía para tanto, ni voluntad de resolver los problemas reales, e inventan dificultades inexistentes que a veces se embrollan, para justificar su inútil ir y venir.

El horror a Deslan es el miedo a nosotros mismos cuando descubrimos que llevamos una fiera interior capaz de profanar lo más sagrado; una bestia que desconocemos y que puede despertar en nuestro esquizofrénico cerebro partido -el doctor Jekyll y mister Hyde- imponiendose a la razón.

Darío Vidal

06/09/04

 

       El espanto del horror (06/09/2004 22:17)