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Publicado: 05/09/2004


 

LA SIMIENTE DEL ODIO



La humanización ha sido, según pienso, un larguísimo y costoso proceso posterior a la hominización: un dificil recorrido ético basado en la imaginación, que permite al primate superior enriquecido con la experiencia consciente, representarse el dolor, la tristeza, la desesperación y el sufrimiento de un semejante en determinados trances que ya ha sufrido y no quisiera repetir. De esa capacidad de comprender brotan la empatía, la solidaridad, la lástima y la compasión, que es la capacidad de con-partir y con-padecer la desgracias del otro, convertido en cercano, en próximo, en prójimo, por virtud del amor.

Pues bien, la tragedia de los niños secuestrados en la escuela de Beslán por criminales chechenos y árabes, nos hace caer en la cuenta de cómo trascurre la degradación de la persona en el último cuarto de siglo. Un deterioro que no afecta más a los destruídos que a los destructores porque es más dañoso para los victimarios que para las víctimas, des-integrados diabólicamente por el odio. No hay que echar en olvido que ''diabole'' es el que separa, enemista y enfrenta. Por eso, todo terrorista es, quiérase o no, un psicópata que halla pretexto para dar salida a su vesanía y justificar un comportamiento injustificable sin esa coartada que es la ideología, la política o la religión.

En ese sentido sí puede afirmarse que todos los terrorismos son el mismo. Pero hay algo terriblemente grave: ese desprecio al otro, ese odio aniquilador, esa obstinación destructora es contagiosa, y una comunidad entera puede en poco tiempo impregnarse de esa impredecible e inusitada maldad. Esa fué la causa de aquella estremecedora Guerra de España que algunos parecen querer reactivar en el rincón de Vizcaya y del creciente recelo -por desdicha explicable en ocasiones- contra el diferente y el extraño que nos agrede sin que sepamos por qué, como esos musulmanes de Chechenia.

Quien no es capaz de identificarse con un semejante que sufre, ni sentirse conmovido ante un niño que llora de hambre, de dolor o de miedo, es un tullido moral. Pero si es él mismo quien produce ese daño, es un monstruo.

Y ahí tenemos los relatos estremecedores y las imágenes espantosas de la madre que acaricia serenamente a su niño muerto, la que estruja al suyo contra en pecho mirando a la cámara con gesto animal y desesperado, la de soldados dulcificados por el sufrimiento que intentan rescatar guiñapos de niño, y la de los pequeños que miran con horror e incredulidad a sus mayores asesinados, o esa niña, por fortuna indemne pero angustiada, a la que consuela su madre herida en la camilla.

Eso es lo que puede verse. Ahora comienza a saberse que además de torturarlos separándolos de sus madres y de negarles la comida y el agua, algunos de aquellos niños ensangrentados y tristes que utilizaron de escudos humanos en las ventanas de la escuela, habían sido mancillados, sodomizados y violados por estos seres infrahumanos y abyectos -''Ahora que lloren vuestras madres''- por los que han perdido doblemente su inocencia porque han destruído su dignidad y han sembrado en su espíritu la semilla maldita del odio.

Los asesinos de Beslam no son guerrilleros: carecen del aura caballeresca de los héroes idealistas. Son simplemente unos miserables terroristas: la escoria de la sentina humana y el ápice de la cobardía y la vileza.

Darío Vidal

05/09/04

 

       La simiente del odio (05/09/2004 23:51)