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Publicado: 02/09/2004


 

NÁUSEA


Una de las victorias intelectuales del terrorismo, al lado de la corrupción del lenguaje, es la inania de los adjetivos. Por eso todas las denuncias, todos los reproches, todos los ataques de la razón y el sentimiento, parecen teñidos de una convencionalidad rutinaria. Y la condolencia y el llanto por las víctimas parece siempre insincero. ¿Qué puede decirse de Hipercor, de la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, de la hecatombe horrorosa de las Torres Gemelas, del baño de dolor y de sangre del 11 de marzo en Madrid? ¿Que es una acción monstruosa, criminal, vesánica, deleznable, inhumana, vil, incalificable? ¿Y de sus actores? En este caso está justificado incluso el insulto, incluida la injusta mención de la madre que acaso ha sido la primera víctima. ¿Y luego? A los dos días de repetirse, los adjetivos se han erosionado tanto que se han vaciado de contenido y de significación. Son voces anémicas con la misma carga emotiva que una conjunción.

Ahora olvidemos estos precedentes incalificables y probemos a calificar esa atrocidad de tomar a cien despreocupados escolares, a cien proyectos de vida naciente, a cien niños, como rehenes en el chantaje supuestamente político de unos miserables carentes de imaginación e inteligencia. Aventuren un epíteto y comprobarán que no logra expresar el horror, el espanto, la náusea casi física y la vergüenza que experimentan como personas ante un comportamiento tan abyecto y tan ruín.

No vamos a esperar sagacidad de los terroristas, por supuesto. Si tuvieran razón o un solo argumento, si tuvieran capacidad para enhebrar un pensamiento, no recurrirían al crimen. Pero si fueran mínimamente sutiles, comprenderían que tal vez la lucha a cara descubierta pudiera granjearles alguna admiración e incluso simpatía en ciertos ámbitos, en tanto que esta valerosa acción contra unos escolares de primaria no puede atraerles más que la repugnancia.

Quiénes entre esos hombres -y mujeres- que integran el grupo que ocupó la escuela el primer día de curso, serán capaces de apoyar su pistola en la sién de un niño de siete, de ocho años, que pide piedad llorando tembloroso y agitado con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror; quiénes podrán sostener la limpia mirada de un ser aún no contaminado por el rencor, el odio y los prejuicios, abandonado totalmente a su merced. ¿En nombre de qué dios, de qué patria, de qué liberación, de qué revolución y de qué idea se sienten legitimados esos piadosos musulmanes chechenos para sacrificar como a ganado a cincuenta pequeños por cada uno de ellos que pierda la vida?

Queriendo olvidar el asalto al teatro de hace años, el reciente atentado contra los dos Tupolev y tantas otras sangrientas hazañas, su patria, su causa y su religión carente de piedad se han descalificado desde hoy, porque han perdido toda la razón que pudo haberles asistido un día.


Darío Vidal

02/09/04

 

       NŠusea (02/09/2004 21:20)