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Publicado: 30/08/2004


 

LA INDEFENSIÓN DE LOS CUERDOS



Un imbécil ocioso ataviado con traje regional -''kilt'' marrón, chaleco verde y una boina bajo la que lucía una cuidada cabellera negra recién teñida- se precipitó luciendo sus lechosos muslos desmirriados sobre el atleta brasileño Vanderlei Lima, atajándole el paso cuando en el kilómetro trenta y ocho de la Maratón ocupaba el primer lugar de la carrera.

Tras un forcejeo en el que la policía y los espectadores lograron que lo desasiera, continuó la prueba nervioso y desconcentrado tras ser superado por sus dos inmediatos seguidores. ¿Puede darse por válida esta competición? Aún que esa es ya otra cuestión.

El caso es que un predicador estúpido, un clérigo orate de remate al que sus superiores han apartado, como este idiota reincidente llamado Cornelios Horan, puede alterar no ya la clasificación de una carrera sino también empañar la imágen de los Juegos y poner en evidencia a la Organización y los servicios de seguridad de un evento deportivo, como aquel Gran Premio de Fórmula Uno de Gran Bretaña. Porque -ustedes lo recordarán- éste pájaro, es el mismo que el 20 de julio de 2003 se lanzó vestido de irlandés a la pista de Silverstone sorteando bólidos lanzados a trescientos por hora. Quiero decir que este tipo es capaz de organizar una carnicería por un minuto de Gloria.

El andoba ha permanecido hasta hace nueve meses en la cárcel purgando aquella hazaña porque según los médicos no está loco, y anuncia en sus pancartas que ''la segunda llegada (de Cristo) está cerca'' como se desprende del comportamiento de Israel y otras señales e indicios anotados en la Biblia por los profetas. No digo que no tenga razón, vistas las cosas, pero sería cuestión de sugerirle que deje a la gente en paz los pocos momentos en que se siente feliz y solidaria, y vaya a anunciar su Mala Nueva a Nayaf, a Bagdad, al Capitolio, o más propiamente a Sharón que no le hará caso porque no es creyente. En Atenas se ha equivocado de ventanilla y ha cometido la maldad de empañar su excelente gestión en materia de seguridad. Pero está visto que si no las bombas, la infantería llega adonde quiere. Y un individuo determinado es capaz de hacer cualquier cosa.

Este debe ser un tema de reflexión de los gobernantes en este momento. Antes al que hacía estas cosas se le mandaba a Galeras para que se desahogase remando sin incordiar a sus pacientes convecinos o se le quitaba de en madio. Hoy no nos parecen proporcionales ni adecuados estos castigos, pero algo habrá que hacer para no vivir en perpetuo estado de sitio por culpa de una ínfima pero insufrible minoría que nos impide ver los fondos de los museos, asistir con despreocupación a un concierto, acudir a según que competiciones deportivas, o presenciar un acontecimiento público. La inmensa mayoría no tiene menos motivos de queja contra esta sociedad injusta, y no es justo que, por ellos, haya de dejarse cachear, escanear y radiografiar en los aeropuertos, investigada en el trabajo y se vea obligada circular según por que lugares entre filas de subfusiles erizados.

La manía de este fulano hirsuto que ataca vestido de bailarina, también es terrorismo. Y ningún terrorista debe andar suelto por la calle.


Darío Vidal

30/08/04

 

       La indefensión de los cuerdos (30/08/2004 19:59)