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Publicado: 25/08/2004


 

FRANCIA Y LOS ESPAÑOLES



Me declaro tributario de la cultura francesa, como supongo que se sentirán los franceses de la española, de la que han extraído mitos, asuntos y personajes. Es la proximidad. Supongo que unos y otros tenemos algo de que arrepentirnos, bastante de que acusarnos y cosas que reprocharnos desde la noche de los tiempos, porque nacimos unidos por el espinazo y eso no hay quien lo remedie. Compartir los frutos, los mercados y el aire genera odios y engendra amores, pero nunca indiferencia. Y esa ambivalencia se ha hecho especialmente patente en las dos últimas centurias.

Más allá del desdén hacia los emigrantes pobres de los años '60, y las posteriores quemas estivales de camiones con fruta española por los '80, el siglo XIX se inauguró con una sangrienta guerra de conquista y la apropiación de una parte relevante de nuestro patrimonio artístico y documental, y culminó en la primera mitad del XX con la traición al Gobierno de la República -cosas de la política- y el trato despectivo y vejatorio hacia sus altivos correligionarios españoles expulsados de la patria pero no vencidos, a los que no querían acoger y recluyeron en las playas de Argeles sur Mer, donde habían de protegerse de la intemperie por las noches acurrucándose en hoyos que arañaban con los dedos. A muchos de ellos los despacharon para Mauthausen, Auschwitz y otros campos de exterminio nazis, dando así testimonio de lealtad a los republicanos españoles y rindiendo vasallaje a los ocupantes, para congraciarse con ellos .

Pero aquellos quijotescos héroes de España se vengaron, sin pretenderlo, al ofrecer a Francia sus últimas energías y su sangre generosa luchando contra los invasores nazis y organizando por su cuenta aquella mítica y gloriosa ''Resistence'' de la que se enorgullecen y de la que se han apropiado ante la Historia, cuando fueron los españoles tan desesperados y tan lejos de casa, los que organizaban los golpes, ideaban la logística, encubrían a los informadores, perpetraban sabotajes, frustraban operaciones militares, y minaban la moral de los alemanes. No son palabras. Tanto en las ''quintas columnas'' como en la División del general Leclerc se hablaba español, y las primeras fuerzas que entraron en el París liberado estaban integradas por españoles, en las torretas de cuyos carros de combate se leían los nombres gloriosos de ''Teruel'', ''Ebro'', ''Guadalajara'', ''Toledo'', Belchite'', ''Madrid'' y otros evocadores de las gestas del atroz sacrificio de una España desgarrada que todos parecían despreciar. Yo he conocido al que instaló la imprenta que transmitía consignas y moral a ''les maquizards'' -o sea a los guerrilleros españoles y franceses-, y a otro que salvó la vida de milagro en el momento en que los nazis descubrieron que su grupo siempre olvidaba meter las cargas explosivas en las bombas que fabricaba.

Por todo ello, mueve a gratitud el homenaje que la teniente de alcalde parisina Anne Hidalgo ha rendido a aquellos idealistas ''macacos'' entre los que, por cierto, se hallaban sus antepasados. Un homenaje que el Estado español debería reconocerle adecuadamente a título personal, aunque no fuese más que para agradecer su entrañable españolidad. Porque la ''Mairie'' de París, el Estado francés y la sociedad francesa no han hallado ocasión aún, en sesenta años, de agradecer su sacrificio a los republicanos españoles. Una ingratitud que será un día motivo de sonrojo y que constituye el mayor baldón de su Historia.


Darío Vidal

 

       Francia y los espaņoles (25/08/2004 21:03)