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Publicado: 24/08/2004


 

FABRICANTES DE CONFLICTOS



El político es, o debería ser, un profesional que dedicase su actividad a resolver los problemas colectivos que no son pocos, y no a inventarlos o alentarlos. Mas parece que no es ese su propósito.

Abordar una cuestión y darle cauce no es tarea fácil, pero colocar en la pared un trampantojo o proyectar una fantasmagoría en el aire con un hológrafo es mucho más sencillo. Y sobre todo distrae al respetable de sus problemas verdaderos y ahorra a los políticos quebraderos de cabeza, esfuerzo, reflexión, estudio, análisis, negociación, consenso y decisiones. Y lo que es más astuto, pueden resolverse o disolverse a voluntad.

Hacen nuestros supuestos representantes lo que nosotros cuando un niño llora para obtener algo: que chascamos los dedos en dirección contraria para que desvíe la mirada mientras apartamos el juguete y le damos un caramelo. ''¡Voilá!'' Asunto resuelto. Por eso no se resuelven las cosas y por eso existe un inacabable repertorio de argumentos y promesas utilizable cada vez que se presentan para volver a tomarnos el pelo. Siempre las mismas carencias, siempre las mismas cuestiones, siempre las mismas promesas, mientras sobreviven los añejos problemas no-resueltos, agrandados y enquistados como la sanidad, la inmigración, el desempleo, el terrorismo, y tantos otros.

A cambio los embaucadores profesionales ponen sobre la mesa el debate de un asunto tan acuciante como cuál debe ser el nombre que reciban a partir de ahora las comunidades autónomas, o si deben poseer policía propia, del mismo modo que tiempo atrás alentaron la discusión sobre la conveniencia de la multiplicidad de idiomas en el Congreso y el Senado, y el modo complejo de resolver el nuevo problema, con equípos de traducción simultánea que exigían copiosos medios técnicos y abundantes recursos humanos con objeto de que cada cual pudiera dar testimonio de su identidad territorial expresándose en bable, fabla, galego, panocho, romaní, valenciano, catalán, balear, aranés o euskara. Hasta que con los años llegaron a la conclusión de que la ocurrencia era carísima y que nos ahorramos mucho dinero hablando en castellano con el que nos entendemos muy bien. Pero algunos inacutos siguieron aquella cometa colorista como al flautista de Hamelin.

''Esta vez, sí''. ''¿Y por qué no lo hizo la vez anterior?'' -nos decimos. Pués, hombre, porque no podría volver a prometerlo ahora y sobre todo porque se quedaría definitivamente sin programa. (''Esta es una nación de naciones; estas son unas naciones de nación; estas son naciones de naciones; queremos la independencia; exigimos la autodeterminación; nos proponemos una federación no para federarnos sino para ir desfederándonos; queremos más representación en el país del que queremos disgregarnos; queremos que los dirigentes del país que no nos importa nos pidan opinión sobre qué hacer...'')

También existe otra causa: la falta de proyecto, que se asocia muchas veces a la incompetencia. El ser humano, que únicamente se justifica creando, ideando, construyendo y trabajando, experimenta una honda frustración si se descubre incapaz de imaginar un proyecto o incompetente para secundar alguno ya iniciado, y entonces traduce su contrariedad en odio ciego hacia todo y en un rencor invencible hacia quienes podrían acometer la tarea. Mas como el hombre está siempre inclinado, condenado casi, a dejar testimonio de su paso, si no es capaz de construir, destruye.

Todos guardamos el recuerdo de algún concejal que no hizo por su ciudad más que talar los árboles de una plaza, asfaltar los floridos y verdes perterres de un paseo, o hacer demoler un noble palacio renacentista. Es todo lo que pudo y supo hacer, o deshacer. Y el esfuerzo le dejó exausto e incapaz de alumbrar nuevas ideas. Descanse en paz.

Cuando esos águilas ocupan puestos de mayor entidad, el riesgo crece de modo exponencial, si no se dedican simplemente a enredar, que es lo menos malo. Pero para no resolver, no mejorar, no cumplir ; para no despejar las situaciones y complicarlas; para no resolver los asuntos y crear otros nuevos, no necesitamos ayuda. En Aragón tenemos una coplilla popular con toda la sorna y la retranca de la gente del campo, que dice: ''Pa las cuestas arriba quiero mi burro / que las cuestas abajo yo me las subo''.

Darío Vidal

 

       Fabricantes de conflictos (24/08/2004 19:52)