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Publicado: 17/08/2004


 

EL ARTE COMO MEDICINA



Hace unos años, durante la Guerra Fría, hubo un grupo de gallinas con sensibilidad, algunos ganados de ovejas responsables y ciertos hatos de vacas disidentes de las Bardenas Reales, en la frontera navarroaragonesa, que se declararon en huelga y dejaron de dar leche y poner huevos. Un raro fenómeno al que se terminó por encontrar explicación. Era una época en que los cazabombarderos supersónicos del mundo Occidental, cristiano y culto, se ejercitaban en el vuelo a baja cota para sorprender si era preciso a las fuerzas del Mal que anidaban al otro lado del Telón de Acero. Algo después, aquella huelga epidémica se extendió a amplias zonas de Alemania e Italia.

Ocurría que los fieros guerreros celestes, unos con centro en Zaragoza y otros en distintas bases aéreas norteamericanas del Continente, no solo hacían rugir sus motores a toda potencia día y noche, sino que además rompían la barrera del sonido tantas veces como despegaban, con un horrísono y ensordecedor latigazo cósmico. Y los animales, más sensatos que los hombres, se negaron a trabajar en aquellas condiciones. Los expertos diagnosticaron que aquello era ''estrés sónico'' y se quedaron tan tranquilos, pero los ganaderos comenzaron a pedir indemnizaciones. Y el lenguaje del Euro es un esperanto que todo el mundo entiende.

Entonces los científicos dedujeron que si las bestias son sensibles a los ruidos agresivos también deben serlo a los sonidos gratos y comenzaron a poner música en los ponedores. Efectivamente aquello fué ''mano de santo'', pero lo que resultó ya realmente espectacular fué la música de Mozart. Cuando lecheras y ponedoras escuchaban -porque escuchaban con arrobo y no se limitaban a oir-, una sinfonía del mago de Salzburgo, se volcaban generosas en su menester, se licuaban y se derretían de sentimiento.

Luego se descubrió que el canto gregoriano daba paz, templaba los nervios y remansaba el espíritu de modo tan eficaz que algunos psiquiatras lo ponían en sus consultas y lo prescribían a sus pacientes junto a los ansiolíticos y los antidepresivos, con excelente resultado.

La última noticia feliz que nos dejaban ayer los teletipos es que la lectura en voz alta de los hexámetros de ''La Odisea'' de Homero previene la hipertensión arterial y restaura el exacto latir del corazón cuando se producen arritmias. Eso es lo que acaban de manifiestar los profesores Dirk Cysarz de la Universidad de Witten (Alemania) y Dietrich von Bonin de la de Berna (Suiza), corroborando la teoría avanzada por François Haas, director de rehabilitación cardiopulmonar de la Universidad de Nueva York, quien ha descubierto que los ''mantras'' del yoga y ''el rosario'' católico dicho en voz alta, esto es ''los sonidos místicos'' como él los llama, restablecen además el equilibio orgánico.

No sé hasta qué punto la oportunidad de los Juegos Olímpicos habrá favorecido esta revelación relacionada con el mundo griego, pero está claro que la estridencia de la discoteca no induce sino a excitarse y pelear.

Algunos hemos pensado siempre que este mundo no puede salvarse si no es por la Cultura.

Darío Vidal

 

       El Arte como medicina (17/08/2004 19:24)