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Publicado: 16/08/2004


 

NATALIDAD CERO



Los políticos y las estadísticas nos recuerdan con frecuencia que somos el país menos fértil de Europa. De aquellas familias atrasadas, anticuadas, incultas, subdesarrolladas e imprudentes de tres y cinco hermanos de las que algunos se averganzaban -''Ya sabes, la religión y el atraso. ¡Eran otros tiempos!''- hemos pasado a las del hijo único -''¿A ver si es que no valemos?''-, o ni eso. Y en este inicio del glorioso XXI andamos ya en la ''azoospermia'', la ''disfunción eréctil'' llamada en otro tiempo pájaro muerto, y quién sabe que otras mil atrocidades.

Lo más grave es que en unos años, no habrá quien cobre la pensión, o la cobraremos gracias a las aportaciones de los emigrantes y sus hijos a los que algunos desdeñan. Y lo menos grave pero sí desolador es que no sabremos si ha ganado la medalla un español en las Olimpiadas. Porque esos vulgares y entrañables Martínez, Fernández, Pérez y González que nos proclaman hijos y descendientes de un Martín, un Fernando, un Pedro o un Gonzalo, hidalgos a cuatro vientos o peones de Infantería forjados en la reconquista de Valencia o de Granada, van a ser sustituídos por otros no menos honrosos seguramente, pero absolutamente impronunciables, desconcertantes y ajenos a nuestra tradición como Schligting, Zhivanevsko, Uematsu, Hendricks, Verstringe, Matsu, Deferr, Duisevaiev y otros por el estilo como el del propio secretario de Estado para el Deporte, don Jaime Lissavetzky, o Zhiwen He mismamente. De manera que los que no estén en la pomada preguntarán: ''¿Y entonces ha ganado un alemán, un ruso, un japonés...?''. ''¡No, hombre, que es español! ¡Que no te enteras, Contreras!''

Así es que si no tenemos más niños, nos vamos a diluír en el magma proceloso de la globalización apellidesca. Pero la culpa no es de las parejas malheridas de amor, que quisieran dejar muchas reproducciones en miniatura aunque no fuese más que para perpetuar su amor, ese accidente cada día más frágil, sino, como casi siempre, de los políticos que gravan la paternidad no por mala fe sino por incompetencia, con toda suerte de penalizaciones, tributos, gabelas y castigos.

Hay parejas con hijos que fingen un divorcio para poder sobrevivir y otras menos vocadas a la paternidad que renuncian directamente a procrear y se protegen con una hipoteca y bonos del Estado. Así estamos llegando a la Natalidad Cero y a delegar nuestra participación en las Olimpiadas.


Darío Vidal

 

       Natalidad Cero (16/08/2004 18:11)