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Publicado: 14/08/2004


 

OLYMPIAKÓN AGÓN



Puede que uno sea un gilipollas. Es probable. Pero ver tornar los juegos griegos a Atenas, oir el himno olímpico de las nuevas olimpiadas del Barón de Coubertain, y descubrir que esa tierra fragmentada por el mar que parió a Europa, la Europa verdadera, la de toda la vida, la denostada, la humillada, la humilde, la pobre, la inculta Europa del sur, ha triunfado antes de que se inicien las competiciones, me ha llenado de júbilo como si la Hélade fuera nuestra tierra, que lo es, o nosotros fuéramos de ella, que lo somos, porque sus marinos y sus comerciantes llegaron hasta nosotros antes aún que los romanos, a veces a favor del viento y otras remando esforzadamente en busca del Jardín de las Hespérides y se establecieron en múltiples colonias desde Emporion a Gades, cuyas bellas, dulces, insinuantes y lúbricas bailarinas tartesas seducían a los valerosos marinos griegos y acaso retuvieron al propio Odiseos –o Ulises como nosotros le llamamos- aunque Homero las convirtiera en sirenas engañosas de acceso desesperante e impracticable, para enfatizar con sublime instinto poético la pasión imposible, demoledora y destructiva.

Mientras la torpeza, la estulticia, la incultura, la intransigencia, el odio, la crueldad y la impotencia de los terroristas siembran la muerte y atizan el enfrentamiento y la guerra, emociona alentar la esperanza, ingenua y acaso imposible, de que un día los hombres se enfrenten, solo en la palestra, para jugar, competir y compartir fraternalmente la pugna y la victoria entre risas y amistad. Como esta noche pasada en el Estadio Olímpico de Atenas.


Darío Vidal



 

       Olympiakón Agón (14/08/2004 01:58)