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Publicado: 12/08/2004


 

VICTOR PAIVA Y SU PAPÁ



Si un extraterrestre pudiera observarnos a su sabor, se quedaría perplejo por la impredecible complejidad de ese extraño primate llamado hombre. Por mucho que nos parezcan extrañas las reacciones de los animales seguramente por falta de atención, resulta menos comprensible el comportamiento de esos seres ''ni buenos ni malos sino todo lo contrario'', que se califican a sí mismos complacientemente de racionales, cuyo humor puede oscilar caprichosamente desde ese sentimiento que es pura destilación del amor y que llamamos compasión, a la falta de empatía hasta alcanzar la crueldad, el egoismo y la iniquidad, unas veces siguiendo ciegamente la azarosa combinatoria genética y otras por la sugestión del contagio.

Ahí tienen el caso de Víctor Daniel Paiva y su papá Juan Pío, los amos del hipermercado ''Ycuá Bolaños'' incendiado en Asunción, Paraguay, que condujeron al cielo de su mano a cuatrocientas veintises personas -mas del doble de nuestros asesinados del 11 de marzo-, muchas de ellas niñas, al hacer bloquear las salidas para que nadie se fuera sin pagar. Un trágico balance de naufragio, de terremoto, de accidente aéreo, de catástrofe telúrica, que no debió conmover su corazón empedernido ni les servirá probablemente para curar su avaricia, aprender humanidad, entender la fraternidad ni obtener el don de la compasión.

El padre intentó ahorcarse, nadie sabe si por remordimiento o por temor cuando conoció la magnitud de la tragadia, en tanto que El Niño -le llamaban así aunque tenía fama de cruel, despiadado, frío y vengativo- decía ante las televisiones que no debía de dar cuenta a nadie más que a Dios. Veremos si los hombres son de la misma opinión. De momento han tenido que aislarlos para impedir su linchamiento.

Dicen que los Paiva eran despreciados por su tacañería, su mezquindad, y su obsesión paranóica de ser robados, estafados, engañados y burlados. Todos los ingredientes necesarios para desencadenar la catástrofe, primero por ahorrarse el dinero del mantenimiento de las instalaciones que se incendiaron, y después por atrancar las salidas para que nadie se fuera, dedicándose a recoger afanosamente las monedas de las cajas en lugar de socorrer a los quemados y sacar a los que se estaban asfixiando.

No fué un descuido, no fué imprevisión, no fué imprudencia, no fué pasividad, no fué atolondramiento. Mientras los sobrevivientes pugnaban por arrancar de la muerte a los atrapados y los que se hallaban en la calle aporreaban con barras las puertas de cristal blindado, inúnilmente, para que salieran los que se agolpaban contra ellas agonizando, el Niño gritaba a los de seguridad que no dejasen escapar a nadie.

Y cuando la policía lo arrancó a empellones de su tarea, lo último que se le oyó decir dirigiéndose a los guardas de seguridad fué un crispado ''¡Saquen la plata, bribones!'', firmando así el innoble retrato de un sujeto despreciable, mezquino y repulsivo.

Darío Vidal



 

       Víctor Paiva y su papá (12/08/2004 19:26)