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Publicado: 01/08/2004


 

SALVAS EN GIBRALTAR



Aquel encantador que fué Felipe González nos sedujo en su primera campaña electoral con una sugestión que puso en pié la maltrecha dignidad de esta nación llamada España, apenas superviviente después de trescientos años de vejaciones pacientemente toleradas por nuestros gobernantes.

Felipe González, en un momento que intuímos como un renacer y no pasó de un espejismo, aseguró que quería recuperar la honorabilidad de España y fué capaz de convocar la voluntad de todos con solo unas palabras: ''Se puede ser digno con muy poco''. Por desgracia, luego aceptó comprometerse con Europa sin resolver esta humillación perpetua, seguramente para no perder la oportunidad de incorporarse a la Historia como el artífice de la unión. Esa fué su primera deserción antes de apostatar de su ideario definitivamente.

Ayer sonaron las salvas de ordenanza en el puerto de Gibraltar para recibir a la fragata ''HMS Grafton'', que enfilaba la bocana después de que el ministro de Exteriores señor Moratinos dijese que España tomaría represalias si se acercaba al Peñón el secretario de Defensa británico.

Tampoco logró acabar con la situación el centro-derecha ni hizo aplicar las resoluciones de la ONU. De modo que España ha consentido seguir siendo una colonia de Gran Bretaña. No se trata solo de patriotismo, ese sentimiento tan raro entre nosotros. Se trata de la quiebra de nuestra cohesión interna, que inspira muchos de los nacionalismos cantonales de algunos territorios que, probablemente a fuerza de patriotismo tácito y contrariado, más vergüenza experimentan de pertenecer a una España sin aliento, sin dignidad y sin reconocimiento ni credibilidad en el exterior.

Motivos más futiles han llevado a los pueblos a la guerra -Dios no lo quiera- o cuando menos a desencuentros perdurables. Sin embargo aquí parece no afectarnos la pervivencia de ese anacrónico reducto colonial del infamante imperialismo británico que llaman GBZ. A no ser que hayamos decidido hacer colectivamente la vista gorda para no tener que coger un día la maleta y exiliarnos del mundo, o reconocer como cierto intelectual regeneracionista que ''es español el que no puede ser otra cosa''. Una definición desgarradora que ha hecho posible la izquierda elegante por considerar fascista la reivindicación de una parte grande o chica de nuestro territorio, incurriendo en una traición imperdonable que pagará ante la Historia y que da ocasión a cosas tan disparatadas como que el fiscal Anticorrupción, Carlos Castresana, haya comparado a Ceuta y Melilla con Gibraltar en los Cursos de Verano de El Escorial.

Un burdo sofisma que resulta inaceptable en boca de un extranjero pero que dificilmente puede argumentar un español -dando armas a los ingleses precisamente en estas fechas del bicentenario-, porque Ceuta y Melilla fueron respectivamente cabezas de puente de Portugal y España en el Mediterráneo cuando unos y otros comerciaban y guerreaban con Túnez y Argél, tiempo en que Marruecos no existía, en tanto que Gibraltar fue una ciudad siempre española, en cuya bahía fondearon su flota los ingleses para apoyar las pretensiones de Felipe V a la corona de España y luego se negaron a abandonarla. Fué la única vez que nos ayudaron, por fortuna, ya que con amigos así no hace falta para nada el enemigo.

Después de aquella honrosa invasión, muy propia de corsarios, los españoles le perdieron la cara al Reino Unido y la advertencia diplomática del señor Moratinos anunciando represalias hace unos días nos suena a huera bravuconada. Verán cómo España no hará nada y Exteriores conseguirá que cada día se den de baja ''in pectore'' de españoles, más ciudadanos.

Pero lo peor de todo es que el señor Blair opina lo mismo. De otro modo no se habría atrevido a una provocación de tal índole y sobre todo tan gratuíta. No gana nada ni su gobierno ni su patria, ofendiendo a un pueblo entero que da muestras de una cortesía y una generosidad con los británicos que acaso no merecen, con una celebración infamante que le humilla.

Las salvas de las baterías han ensordecido la bahía de Gibraltar dando testimonio de un acto de pillaje, recordando una afrenta y diciendo a los vecinos humillados que hubieron de refugiarse en La Linea, San Roque y el Campo de Gibraltar hace doscientos años, que no tienen agallas para volver como no las tuvieron para quedarse en Iraq hace unos meses. Y eso sobrepasa lo tolerable.

Ha llegado el momento de no ceder a la cobarde tentación de la paciencia. ''No te arredres ante las provocaciones -decía Virgilio-; por el contrario debes hacerles frente con gallardía''. El mandato del señor Blair ha sido una exhibición reiterada de felonía, doblez, provocación y mentira.

No puede negarse que las relaciones internacionales son sutiles y complejas, pero en ocasiones lo más importante no es la balanza comercial sino la credibilidad política, o la imagen de indignidad que un país da al mundo. España no es tan poco. Y prescindir de Gran Bretaña nos va a perjudicar menos que a ella. O cuando menos, no más.

Es hora de pedirle a Rodríguez Zapatero que no se enfangue más en pequeñas pendencias domésticas ni se distraiga en pugnas de partido. Le reclama una tarea que nos atañe a todos sin distinción de colores. No debe permitir que hagan tal alarde de soberanía en nuestra casa.

Debería aplicarse aquella esperanzadora reflexión de Felipe González: ''Se puede ser digno con muy poco''. Muchos españoles creyeron que Aznar iba a restituírles la estimación colectiva y el respeto de si mismos. Esa es la tarea previa a todo.


Darío Vidal

 

       Salvas en Gibraltar (01/08/2004 01:47)