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Publicado: 29/07/2004


 

OTRA VEZ EL FUEGO


Este año le toca a Portugal. Antes fueron Galicia largamente, Cataluña, Aragón, Baleares y toda la geografía de España. El año que viene, quién sabe.

No hace mucho, comentando con un viejo amigo la epidemia del fuego en nuestros bosques, se negaba a reconocer su carcater fortuíto conviniendo con una antigua sospecha que albergo desde que ando en este negocio, o sea desde siempre, que me ha hecho denunciar los silencios en torno a los pirómanos, sus móviles, las dudosas pesquisas para identificarlos y su castigo, si existe.

''¿Recuerdas a qué temperatura solemos estar cuando se declaran esos incendios?''- me preguntó. ''Pues no lo sé: entre treinta y cuarenta grados''- le respondí. ''¡Y ambiente muy seco!''- precisó. ''Sí, eso, y muy poca humedad''- confirmé. ''Bueno, pues mete un fajo de leña en un horno, no a cuarenta sino a cincuenta grados y espera a ver que pasa''. ''¡Nada!''. ''Exacto, nada. Entonces ¿quién prende fuego a nuestros árboles?''

Esa es precisamente la pregunta que se formula todo el mundo, sobre todo después de que la Administración reconozca, tras muchos años de culpar a las tormentas y el azar mostrando una sospechosa perplejidad, que más del noventa por ciento de los fuegos son provocados.

La ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, acaba de manifestar

que no es partidaria de aumentar las penas por este delito sino de concienciar a la población. Nadie sabe a dónde alcanza el rigor de esas penas, pero nadie sustentaría la tesis angélica de que los pirómanos delincan por ignorancia. Un incendio es un crimen contra la vida y contra la sociedad, que aniquila seres de muy lenta reposición. Hay que aumentar el rigor de las penas, ahondar en las causas, detener a los instigadores más remotos, y legislar de tal modo que nadie, absolutamente nadie, pueda beneficiarse de estos crímenes: ni los que negocian con la madera ni los que trafican con los terrenos. Nunca.

Un espacio quemado debe convertirse en un terreno sagrado, apto solo para ser repoblado en cuanto las condiciones lo permitan.

Respecto a los autores, tanto los pirómanos de despacho como los de infantería deben reparar el mal causado plantando árboles físicamente en el bosque calcinado, además de cumplir las penas que se les impongan. Porque plantar no es una pena sino solo la restitución del bien que han arrebatado a la comunidad. Y sus vecinos deben exigir el conocimiento de los nombres como conocen el de los terroristas.

Verán cómo se acaba con esa lacra miserable.

Darío Vidal



 

       Otra vez el fuego (29/07/2004 23:12)