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Publicado: 23/07/2004


 

PELIGRO, RAYOS SOLARES



Los humanos somos seres antinaturales. Tal ver lo más representativo de nuestro talante sea el teatro y su expresión más alambicada, la ópera. Desde los nativos de Nueva Guinea a los naturales de las Islas Fidji, sin excluirnos nosotros, los humanos tendemos al oropel, la suntuosidad y la pompa: somos artificiosos y artificiales. Los pueblos naturales se pintan el rostro y el cuerpo para determinados festejos casi siempre completamente ritualizados, o se adornan con plumas coloristas, semillas y huesos. Incluso en muchas de esas ocasiones no se representan a sí mismos, no 'hacen de' hombres sino que se disfrazan -se 'revisten'- de animal, con frecuencia del tótem de la tribu o el poblado. Y no son menos teatrales nuestros uniformes militares, nuestros atuendos académicos o judiciales, con vistosos distintivos, emblemas, grandes collares, condecoraciones, bandas y fajines, por no hablar de las liturgias iniciáticas y procedimentales, o del pomposo lenguaje retórico de quienes a fuerza de representar y representarse inventaron 'la grandeur'.

Pero a medida que nos alejamos del mundo natural mediante un proceso al parecer ya irreversible de domesticación, vamos perdiendo conocimientos y saberes sumamente preciosos. A mi me decía con la más sincera humildad un pastor de los Monegros: ''Mire usted, en el campo sabemos muy poco, pero lo que sabemos nos es de mucha utilidad''. Bendito él. A los que saben 'tan poco' no es preciso instruirles sobre cómo protegerse del sol, la insolación y el golpe de calor. Ahora, a fuerza de ser civilizados y urbanitas, hemos perdido esos saberes primordiales que son cosa de pueblerinos, de paletos e iletrados, y han de acudir en nuestra ayuda los funcionarios de Sanidad para recordarnos los dictados de la Naturaleza que ya no sabemos escuchar: que cuando hace calor hay que reponer líquidos, evitar los esfuerzos físicos y el ejercicio violento, que hay que refugiarse en el frescor de la sombra, que conviene protegerse del sol y no asarse desnudo en un desierto de arena como hacen nuestras chicas, que es conveniente interponer una tela fina entre sus rayos y nuestra piel, que es aconsejable cubrirse la cabeza con algo incluso con un sombrero, que debemos huir de la intemperie durante las horas de más calor y, si es posible, hacer una siesta. Y en casos extremos, mojarse la cabeza, meter las muñecas o los tobillos en agua fría, o darse un baño de agua fresca aunque sea en la bañera. En fin, cosas que sabían los abuelos y no necesitan aprender nuestros sabios perros domésticos ni los civilizados gatos caseros. Cuando no habíamos perdido por completo el instinto, una persona muy querida me decía siempre en estos trances: tú ponte siempre donde esté el gato.

Hace apenas unos días, vi a un niño definitivamente domesticado acercarse sigilosamente a su mamá en un frondoso bosque del Pirineo aragones para preguntarle discretamente dónde podía hacer pipí. A los de su generación los funcionarios de Sanidad habrán de enseñarles muchas más cosas.

DARÍO VIDAL


 

       Peligro, rayos solares (23/07/2004 10:31)