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Publicado: 21/07/2004


 

LLAMEN AL REY



El tinte que adquieren las pesquisas de la Comisión de Investigación de los atentados de Madrid es inquietante. A medida que progresan se consolida la sospecha inimaginable de que estamos en manos de una red perfectamente organizada de funcionarios inmorales, cuando no abiertamente corruptos, como los de esa comisaría de Avilés en la que se ha inculpado del asesinato de un barbero ocurrido hace no se cuantos años, al único agente que no secundaba sus proyectos.

Las declaraciones de Hernando, Gómez Arruche y otros; las reiteradas denuncias de chantaje por parte de Rafá Zouhier; las actitudes y silencios del fiscal general Fungairiño, el director de los servicios secretos Dezcallar y otros convocados; las provocadoras manifestaciones de José María Aznar reconociendo poseer los documentos secretos que prueban la conspiracón de Carod Rovira para implicar a Arnaldo Otegui el día de reflexión, y la sospecha de que alguien no quiso evitar aquella espantosa carnicería, pueden tener consecuencias imprevisibles en la sociedad española. La gente de la calle tiende a idealizar a los que mandan y ha de tener la certeza de que son personas de intachable conducta, aunque no vaya a caer en la ingenuidad de suponer que no exista algún elemento indeseable.

Pero alcanzar la evidencia de que la máquina de la seguridad del Estado se sustenta en un infame entramado de conductas criminales -consulten el diccionario si el calificativo les parece excesivo- es de efectos tan disolventes que no puede extrañar que quisiera rentabilizarlos Carod.

Éste sí que está siendo un golpe de Estado, tan inadvertido por otra parte como el del 23-F y tan mortal como el atentado perpetrado el 11-M con precisión milimétrica.

Un interrogante angustioso ha dado origen a una cadena de incógnitas que no pueden orillarse. No debe haber plazos para aclarar tanta infamia ni es posible supeditar una averiguación de tanto calado al plazo perentorio de una fecha prefijada: la investigación debe continuar hasta que la sociedad española conozca toda la verdad y se depuren todas las responsabilidades sin ninguna contemplación y sin que sirvan de coartada siglas, afinidades, filiaciones ni amistades.

Es posible que las raíces sean muy profundas e impliquen a sectores altamente sensibles, pero de la decisión a la hora de extirpar estos males depende la regeneración del Estado y la viabilidad de la Democracia.

Si las más altas instancias han perdido la credibilidad y el respeto de los ciudadanos, tal vez nos hallemos ante una de las escasísimas ocasiones en que son necesarios la intervención y el arbitraje de la más alta magistratura del Estado. Como la madrugada del 23-F.


Darío Vidal

 

       Llamen al Rey (21/07/2004 17:33)