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Publicado: 19/07/2004


 

AZNAR, COMO UN DRAMA DE HONOR



Se dice que Mio Cid ganó batallas después de muerto y que hubo monarcas que reinaron después de morir. E incluso que el glorioso caballero San Jorge reconquistó todo el norte de Aragón sin haber existido nunca, lo que supone un nobilísimo acto de fe y un hermoso gesto de humildad por parte de los aragoneses.

Quien poséa una idea épica de la vida no puede desear colofón más bizarro para su existencia: una biografía tejida no necesariamente de campañas bélicas pero sí de sucesos esforzados, cuya excelencia rebasa el ámbito de la ética para alcanzar una dimensión estética que lo eleva a la esfera de la leyenda.

Aunque lo más frecuente es que una vez desaparecidos física o políticamente de la escena pública, cada cual conserve la reputación y el crédito que se haya labrado con los hechos. Mas fracasar, desacreditarse y perder tras haberse retirado entre la admiración y el apoyo de más de la mitad del pueblo, debe ser una experiencia abrumadora sobre todo para quien se postuló como un salvador que, para mayor desconcierto, logró muchas de las metas que se propuso.

José María Aznar asumió el poder de un país hundido en la bancarrota, cuyos policías no podían patrullar por falta de combustible, cuyos funcionarios cobraban gracias a los créditos de las grandes Compañías y cuyos ciudadanos habían perdido incluso la esperanza de poder jubilarse. Él puso orden en las cosas, impuso la honestidad en la gestión pública, frenó la inflacción, posibilitó la adecuación real con Europa, hizo fiable el nombre y la palabra de España, rearmó la Seguridad Social, devolvió la credibilidad al Estado, privó del aire a los terroristas de la ETA y dejó la economía del país con superavit. Entonces decidió irse. Pero el éxito le nubló la inteligencia y pensó estar más allá del bien y del mal. Y sobre todo, en lugar de fiar de si mismo para orientar la política exterior de nuestro país, se puso en manos del presidente de los Estados Unidos, un dipsómano confeso lastrado por todas las inseguridades que abocan a tales prácticas y los complejos de culpabilidad y obsesiones de redención en que desembocan. Toda una garantía de buen criterio y solidez personal.

El presidente español asumió bajo esas condiciones una insólita alianza contra un infantil ''Eje del Mal'' para imponer un orden internacional arbitrario y ventajista, que puso de relieve su dudosa capacidad política. Debió haber tomado las reservas que aconsejan aquellas palabras del presidente Roosvelt cuando dijo que solo ser amigo de los EE.UU. es más peligroso que ser su enemigo. Sobre todo, cabe añadir, cuando forma bloque con su aliado anglosajón.

Es bien cierto que la opción del presidente Aznar, mientras Chirac y Schröeder se reunían a solas para excluírnos del gobierno de Europa después de que el francés hubiera estado vendiendo armas a Marruecos durante la crisis de Perejil, no era descabellada si hubiera preservado cierta independencia para nuestro país y no hubiese comprometido su amistad personal con Bush. Así lo entendieron los ciudadanos y muchos de los que no estaban condicionados por la militancia en la oposición, admitieron una intervención exclusivamente humanitaria en Afganistán e Iraq, que comenzó a quebrar cuando entendieron que la Administración Bush mentía descaradamente; que era imposible que Sadam Huseín no utilizara sus temibles armas de destrucción masiva mientras los aliados devastaban su país si las poseía realmente; que en España nunca hemos combatido nuestro terrorismo interno con misiles, y que alguien estaba aniquilando criminalmente a una población inocente sin preocuparse de los tiranos por razones incalificables. Y los españoles se echaron a la calle, pero un Aznar encastillado y soberbio que había perdido por completo el contacto con los ciudadanos, despreció la advertencia y se fotografió en las Azores.

Perdió las elecciones. Tal vez no sea ajeno a la derrota el empujón de Pérez Rubalcaba y de los suyos en la preparada confusión de unos atentados escandalosamente sospechosos. Pero de todos modos el crédito de Aznar había remitido por una decisión acaso bien tomada pero inhabilmente gestionada. Y ahí es donde José María Aznar, que se retiró siendo una reserva para el futuro, comenzo a perder. Le han hecho perder las declaraciones, las palabras, la desautorización ante Bush del Gobierno socialista de su país, su servil visita de despedida a Camp David, el imprudente distanciamiento de su partido, las desautorizaciones a Rajoy y la actitud respecto de la Comisión de Investigación del 11-M. Aznar se arrepiente de haberse despedido.

Una persona sin sentido del humor, un hombre que no puede dejar de tomarse en serio, un político que no ha aprendido la sonrisa, un dirigente que supone que reír consiste en arrugar el rostro; un lider que suple con firmeza su inseguridad y que ha dicho que sus peores enemigos son su colaboradores, está condenandose a 'perder después de morir' como un atormentado ''Condenado por desconfiado''.


Darío Vidal

 

       Aznar, como un drama de honor (19/07/2004 17:40)