Hemeroteca:


Junio 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
 
       

Publicado: 16/07/2004


 

DÍA SIN ACCIDENTES


Hoy va a ser el Día sin Accidentes en Carretera. Dios lo quisiera. No deseo pensar en los que estarán abriendo los ojos como todos los días, a estas horas en que el sol aún duerme, y cuando llegue la noche los habran cerrado para siempre. Pero si pretendo acusar la hipocresía de la Administración que homologa vehículos que alcanzan los doscientos y pico y después multa a los que rebasan los ciento diez. Por no hablar de la señalación -o ''señalización'' si lo prefieren- inexistente o incorrecta, los baches centerarios en las pendientes y las curvas en que los camiones reducen y los tramos felizmente reparados pero no pintados, que nos hacen flotar en un abismo negro sin límites, mil veces más peligoso con lluvia o con la niebla.

Es fácil achacar toda la culpa a la velocidad. Es lo primero que se les ocurre a quienes tienen pereza de pensar. Y tienen razón. Si se inmovilizase el parque automovilístico se acabaría con los accidentes. Y también con los miles de funcionarios de Tránsito -no es lo mismo transitar que traficar-, al tiempo que con el turismo y buena parte de la contaminación ambiental. Pero no se trata de derivar culpas sino de idear soluciones.

Si lo que quieren los responsables del Tránsito no fuera, como lo es, sancionar con propósitos recaudatorios y sí velar por los ciudadanos, no envíarían a la Guardia Civil a hacer colectas por la carretera y comenzarían por ponderar los elementos que confluyen en esa actividad compleja que es circular, comenzando por analizar críticamente sus campañas y sus sanciones, pese a las cuales el número de muertos crece cada año. (Vistos los resultados, si estuvieran en una empresa privada los habrían echado a todos).

Pero vayamos por orden. A estas alturas, habrían descubierto que en esa actividad numerosa y crecientemente arriesgada confluyen unos elementos inmuebles que son las infraestructuras, otros muebles o móviles que son los vehículos y un tercer factor difícilmente ponderable que es el conductor.


LA CARRETERA

En consecuencia, cada uno de esos componentes deberían gestionarse de manera coordinada pero independiente y escalonar su optimización. Hay que comenzar por revisar los trazados decimonónicos con inesperadas curvas sorprendentes, los firmes inseguros, los baches que a tramos obligan a circular en contradirección como en algún paraje de los Monegros que ahora recuerde, la pintura de los carriles casi siempre desvahída y borrosa, la ''señalización'' informativa, tantas veces oculta por los matorrales de la cuneta, y otras graves deficiencias.


LA MÁQUINA

Solo después de que la Administración cumpla estrictamente, tiene autoridad para exigir al ciudadano que cumpla. Pero antes hay que contemplar el vehículo. Y los funcionarios de Tránsito se representan un vehículo ideal e inexistente que se ajusta a un patrón de seguridad, velocidad y potencia. Está todo pensado para el ''Seat 600''. Por eso no se deben rebasar los ciento veinte kilómetros por hora. Naturalmente. Ni se debía ni se podía. Porque en el ''Seat 600'', a solo cien por hora la dirección comenzaba a hacer el ''jimmy'', los frenos echaban humo si se les tocaba, la suspensión se bandeaba, el volante vibraba, temblaba la carrocería y se le estremecía a uno hasta el esqueleto. El primer vehículo que tuve fué una ''Isetta'' de segunda mano. Sí, hombre, ''el huevo'', el que se abría por delante. Pues bien: llegar a cincuenta era una temeridad que no me consentí más que una vez para saber hasta dónde no podía llegar. Hoy a un coche normal no se le puede meter la tercera si no se han alcanzado los sesenta o setenta por hora, y en muchos la segunda. Pero es verdad también que no se mueven en las curvas, que tienen el centro de gravedad muy bajo, que la dirección es asistida, que frenan en un palmo, que tienen la suspensión más rígida y los neumáticos de un agarre incomparable. No hablemos ya de los automóviles de gama media o gama alta porque esos se pierden de vista y no precisamente por la velocidad.

Naturalmente, entre la infraestructura y la superestructura, entre el ''hardwere'' y el ''softwere'', entre el firme, las señales y la máquina, hay una pieza que debe saber interpretar los signos, las señales y las sensaciones al que se le supone cierto grado de inteligencia. Es el conductor.


EL CONDUCTOR

Al conductor habría que comenzar por hacerle un completo sondeo psicológico para saber si está loco o cuerdo, si se consuela con alcohol o con pastillas, y algunas cosas más, y otro 'test' psicotécnico para averiguar si tiene una mínima aptitud para manejar una máquina, además de enseñarle a circular con niebla, sobre hielo o con suelo mojado como he visto hacer yo a los camioneros en Gran Bretaña, así como a respetar las prelaciones, o someterse durante unos meses a la supervisión de un monitor que puede ser un familiar, como en algunos países.

Que olviden la obsesión de la abuelita. La velocidad permitida ha de venir dada por el estado del firme, las características de la máquina, la capacidad, la biografía viaria y el sentido común del conductor para evaluar los datos que va registrando. Que los funcionarios no encubran su falta de ideas ni disculpen su incompetencia amparándose en los excesos de velocidad. Pero no hay que admitir ni un gramo de alcohol y sobre todo no debe tolerarse ni una rayita, ni un pico, ni un cóctel de pastillitas, una cosa de la que no se habla por un raro pudor aunque mata tanto o más que aquel. Si la gente es capaz y está sobria, que circule a la velocidad -siempre razonable- en que pueda controlar la máquina. Y al que no provoque accidentes, que lo dejen en paz y no lo mareen con normas arbitrarias. Napoleón, que era un zorro, decía que la manera de justificar la represión era dictar leyes que no se pudieran cumplir. Como tener que ir de Madrid a Barcelona a ciento quince.

Por supuesto, al que infrinja el Código -que por cierto no se reduce a los excesos de velocidad, como la religión al sexto mandamiento- que se le condene a pasar un fin de semana en un puesto de la Cruz Roja, consolando a la familia de un colega que no ha vuelto, o que visite un centro de parapléjicos.

Y si reincide, ya hablaremos del carnet. Y del dinero.

Pero ayer oí hablar a unos expertos y me confirmaron en algo que llevo pensando hace algún tiempo. Que muchos accidentes son el final previsible de un estilo de vida fundado en la violencia -basta escuchar la música que ponen-, que desdeña a los desconocidos percibidos como enemigos,

Y eso no se enmienda con multas.

DARÍO VIDAL

 

       Día sin Accidentes (16/07/2004 10:04)