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Publicado: 11/07/2004


 

SULFOPELO



Pasqual Maragall, que no sabe en qué ocuparse porque el tripartito le ha mermado muchas competencias pero le gusta dejarse notar, ha hecho que le anoten en la agenda, como si se tratase de la fecha de un cumpleaños, cuándo le toca decir una “boutade”. Y como sus prontos no tienen mayores consecuencias si no las visan sus socios, que por cierto no le llaman nunca al despacho, puede permitirse decir lo uno y lo contrario sin adquirir el enojoso compromiso de poner por obra lo anunciado.

De un tiempo a ésta parte ha venido pidiendo que España se constituya en un Estado Federal; después manifestó que su catalanismo no excluye la españolidad; más tarde reclamó para Cataluña un concierto económico como el vasco; antes, en plena luna de miel con Esquerra Republicana, reconoció que en el actual marco constitucional no se hallaba a gusto y que su país demandaba cauces más amplios de expresión política. Pero como no sabía en qué consistían, ideó una fórmula de veras ingeniosa: alumbró el Federalismo Asimetrico que consiste en que seamos todos iguales, pero unos más iguales que otros. No sé si se entiende. Es algo tan sutíl como la 'discriminación positiva' de la sección femenina de su partido y tan contradictorio como la Democracia Proletaria o la Democracia Orgánica. Pues la Democracia es un fruto tan delicado que se marchita al contacto de los adjetivos. Por lo menos hasta que se instaure la Democracia Discriminatoria Positiva, que será un primor. O un sulfopelo.

Bueno, el caso es que como esas cosas van para largo y llevaba algún tiempo 'sin salir', dió en crear selecciones deportivas internacionales propias, mas, como según parece, no es el asunto que más inquiete a los “ciutadans de Catalunya”, está intentando reconducir sus energías dispersas. De modo que ha caído en el agua. Entiéndanme, ha caido en sentido metafórico pero como siempre sin mojarse, y ha dicho que “Cataluña tiene más derecho que nadie a decidir el futuro del agua porque la está pagando más cara que Murcia, Valencia y Aragón”, y, claro, ya se sabe que 'qui paga, mana'.

Pero Maragall se ha encontrado esta vez con la horma de su zapato. No pueden imaginar con quién. No lo adivinarían nunca. Le ha salido al paso un pastor. Pero un pastor de almas, no un pastor de cabras. Y eso es lo realmente desconcertante, porque uno da en pensar que para qué querrán el agua las almas. Las cabras, sí. Y los especuladores, y los promotores inmobiliarios, y los campesinos de campos de golf, y los casinos de juego, y las pacaminosas discotecas en que se peca contra el sexto, y los proxenetas que pecan contra el resto, y los importadores de carne fresca centroeuropea y sudamericana, y los discretos e impecables negociantes de caballo, coca, éxtasis y mierda. Esos son los que necesitan el agua, no las almas. Lo otro es un sulfopelo.

El señor arzobispo de Valencia ''ex abundantia cordis'' solicita agua con que remediar los pecados de sus diocesanos, mientras que el zaragozano, que carece por completo de celo pastoral, permanece mudo mientras se despuebla su territorio por falta de riegos y muchas poblaciones siguen recibiendo el agua de boca en cisternas incluso durante el invierno. Lo que no deja de ser una ordinariez para los que juegan al golf.

Cuando se enmascaran los intereses, se vician los argumentos, se tergiversa cínicamente la verdad y los pecadores toman el hábito de los justos con toda impudicia, la existencia se torna un sulfopelo.

Entiendo que a estas alturas exijan una definición de este neologismo de fonética extraña. Sería grosero por mi parte reducirlo al ámbito abarcable de la arbitrariedad superlativa, la rapacidad irritante, la ridiculez hilarante, la tergiversación insultante y la manipulación sorprendente. No sé de nadie que haya caracterizado el sulfopelo con cierto rigor. Ni Julián Planas, ni Antonio Mérida, ni Paco Urmeneta, ni Carlos Pujol, ni Mauro Muñiz, ni Luís María Anson, ni nadie de aquella promoción Tarragona de la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, sería capaz por si solo de culminar una aproximación. No resulta tarea fácil. Habría que ser maestro Zen para conseguir cercar la realidad y darla a intuir de modo concéntrico a los iniciados. Mas por vía de metáfora podríase decir que un sulfopelo es, por ejemplo, llegar a las siete de la mañana al dormitorio de la pensión con dos amigas y encontrar sentado en la cama, jugando a la baraja con Lutero y Jorge Bush, al obispo de la diócesis revestido de pontifical, con una escopeta terciada y completamente borracho, solicitando amablemente que le pagásemos la factura del teléfono.

Pues bien. Estamos viviendo en el perpetuo sulfopelo.


Darío Vidal
















 

       Sulfopelo (11/07/2004 13:08)