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Publicado: 09/07/2004


 

DINERO QUE NO VALE


Todos los extremos son malos. Pero algunos más que otros. En Japón se establece un vínculo casi religioso entre la empresa y los empleados, hasta el extremo de que los trabajadores rezan todas las mañanas antes de iniciar la jornada por la prosperidad de la Compañía. El vínculo que se establece es de tal naturaleza que a ninguna se le ocurriría echar a un empleado, ni empleado al que se le pasara por la cabeza dejar su taller o su despacho de toda la vida. Sería una infamia, una traición. Como cuando la gente llamaba aquí ''mi casa'' a la empresa en que trabajaba.

Al otro lado del Pacífico, frente por frente, se juzga que un empleado que no cambia de puesto de trabajo cada tres o cuatro años es porque no merece la atención de nadie. En los Estados Unidos valoran a los que aquí llamamos gráficamente ''culos de mal asiento''. Claro que los inspiradores de esa actitud son los contratadores, desde los pequeños a las grandes compañías, que toman como siempre la parte por el todo.

Nadie negará que en una relación mercantil lo que cuenta es el beneficio, pero también es innegable que el trato con un ser animado de sentimientos, afectos y pasiones no se reduce al dinero sino que es algo más sutíl y delicado. Tampoco el campo de batalla es terreno abonado para delicadezas porque lo que cuenta son las bajas enemigas y los territorios ganados, de modo que, a primera vista, parece absurdo poner en juego la valiosa vida de unos soldados por recuperar el cuerpo inútil de un cadáver. Pero rescatar, honrar y despedir a un camarada o un amigo refuerza la cohesión de la tropa.

Cuando un loco tuerto y manco llamado Millán Astray dijo que pondría en riesgo al último de sus hombres y aún a sí mismo para que ninguno de sus muertos quedara en manos del enemigo, los estrategas que contaban las bajas con los dedos aseguraron que no era una acción rentable. Pero ahora lo hacen todos los ejércitos del mundo.

Hace unas fechas trabé conversación, durante un viaje, con un muchacho joven que iba a una entrevista de trabajo. Había estado hasta hacía cosa de una semana en la filial española de una multinacional norteamericana y celebraban que cada año subía su facturación. Un lunes, al incorporarse a su puesto le dijeron que pasase a ver al director. Allí le hicieron revelar el password de su ordenador y entregar las llaves del coche. Y lo mandaron a casa sin dejarle entrar a recoger sus efectos personales del despacho. En el fin de semana había perdido la confianza de sus jefes y tuvo que volver andando desde un polígono de la periferia bajo el peso de una vejación cuyos motivos no alcanzaba a entender. Como un delincuente. No daba crédito a lo que estaba viviendo. Luego comprobó que toda la delegación, salvo la cúpula, había corrido la misma suerte.

No, no tenían nada contra ellos y la Compañía valoraba positivamente su trabajo. Era simplemente un reajuste técnico. ''Yo le aseguro que he revisado por completo mi concepto de lealtad -me dijo camino del que podía ser su nuevo puesto-. Se acabó de trabajar tantos domingos, de aplazar o acortar las vacaciones y de perder sueño. Desde ahora haré las cosas solo para ganar el sueldo y, en cuanto tenga una oferta, me iré sin mirar la cara de nadie”.

¿No es ese modo de proceder una expresión de indiferencia, ingratitud, egoísmo, injusticia y desprecio que mueve a la venganza y el odio? Una sociedad no puede aspirar a inculcar la solidaridad, la adhesión y la proximidad hacia los otros desde esa actitud despiadada y cruel. Con tal concepción de la vida no puede sorprendernos la violencia que anega el planeta.

Cómo va a extrañarnos que ganen los japoneses.


Darío Vidal




















 

       Dinero que no vale (09/07/2004 15:15)