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Publicado: 01/07/2004


 

HABLAR CON NADIE



Nada hay tan desolador como hablar con nadie. Ni nada tan descortés como delegar en una máquina para que hable por nosotros.

Llamamos por teléfono y oímos una voz impersonal que nos advierte: “Está hablando con el contestador...”. Nos acercamos a comprar unos cigarrillos, metemos unas monedas y una voz imperiosa, destemplada y metálica nos sobresalta: “¡Su tabaco! ¡Gracias!”.

Cuando vamos a repostar a una estación de servicio, ya no acude el gentil gasolinero que nos daba cuenta de las minucias cotidianas, del tiempo y de que había obras a dieciseis kilómetros mientras nos ofrecía un nuevo aditivo y quitaba la huella de los mosquitos en el parabrisas.

Al empuñar la manguera chorreante e indómita del combustible que parece porfiar siempre por tomar otro camino, un gruñido estentóreo nos advierte de que hemos escogido gasolina sin plomo de noventa y cinco octanos, lo que suele cogernos por sorpresa y más de una vez descubrimos azorados que le hemos dado las gracias.

Pero eso no es todo. En muchas instituciones públicas han sustituído a las diligentes, las añoradas telefonistas -en general tan serviciales, amables y sabias-, por una suerte de juego que nos obliga a asumir su trabajo mientras una voz dice: “Pulse uno, después almoadilla y diga con voz clara el nombre del departamento. Luego pulse asterisco”. Total, una suerte de acertijo que desconcentra, desorienta y distrae.

El otro día escribía Pérez Reverte que estuvo intentando entenderse infructuosamente con una empresa de autobuses cuya máquina sabia estuvo a punto de mandarlo a Andalucía cuando lo que él pretendía era ir a Compostela.

Pero donde esa desatención alcanza el culmen -como tal falta de atención, descortesía y torpeza comercial- es en Telefónica. Llamar a la Compañía supone introducirse en un laberinto del que es imposible salir si no es colgando, y en el que si se alcanza a hablar alguna vez con un humano, es solo para que nos precipite a un nuevo abismo, entre prolijas ofertas, apelaciones a la excelente calidad del servicio y ofertas de nuevos productos.

Hace una fechas, me di cuenta de que en todo el día no había cruzado más que alguna furtiva mirada con un semejante. Ni una palabra. En muchos casos no es posible ya hallar el vestigio de un prójimo ni descubrir una presencia humana. Hasta las voces son sintéticas.

No debe extrañar que seamos cada vez más groseros y descorteses: cuando alguien nos dice una palabra amable creemos que procede de una máquina.

Y esto no hace más que empezar. Que disparate.



Darío Vidal





 

       Hablar con nadie (01/07/2004 23:55)