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Publicado: 28/06/2004


 

MONARQUÍA Y REPÚBLICA


No soy monárquico ni en consecuencia me repugna la república. Pero no acierto a entender la ola de republicanismo de ocasión que invade determinados sectores de la vida pública española. La gente de la generación tardofranquista tenemos que agradecer al monarca actual la extinción de una pesadilla y el hecho de que optase sin ninguna vacilación por la democracia, el progreso, la libertad y la dignificación de la vida. Esa fué la elección de un soberano con el que nos identificamos, acaso porque fué víctima también de la opresión y las vejaciones de aquél régimen. Aquel rey, este rey, prefirió escoger la soledad renunciando a la Corte, para no sucumbir a las presiones de los amigos. Don Juan Carlos quiso ser ciudadano a tal punto que le llaman el rey republicano.

Alguien se preguntará de buena fé qué puede esperarse de la república, hoy por hoy, que no nos ofrezca esta monarquía.

Al parecer, la más grave objeción moral que puede hacérsele es que el rey no es electivo. Pero no parece que ese sea un serio reparo en una monarquía constitucional. El rey es un símbolo, una bandera, un moderador y un último recurso cuando se descompone la maquinaria del Estado, como nos ha demostrado en alguna ocasión. Es muy probable que sin la intervención del rey el 23 - F nos hubiera abocado a una catástrofe.

Me dirán que eso puede hacerlo también un presidente de la república. Lo admito. Pero existen circunstancias objetivas que convierten en sobrehumano el ejercicio de la imparcialidad en su caso. Veamos. El presidente está sometido a la presión directa de los muñidores, al acoso continuo y a veces desvergonzado de los lobbyes de intereses -véase el edificante panorama de los EE.UU- y además tiene que pagar el favor electoral, puesto que ''de bien nacido es ser agradecido''. En resumidas cuentas, el presidente de la república tiene que ser necesariamente miembro de un partido. Y resulta ingenuo de nuestra parte demandar que sea imparcial el arbitraje de quien está sometido a la parcialidad de un partido. La democracia también tiene su lado imperfecto, como todo lo humano.

Si el régimen político es la horma en la que se acomodan las normas básicas del Estado para lograr la gobernación justa y la prosperidad de una comunidad, y nuestra sociedad progresa adecuadamente por el momento, habríamos de dejar a un lado la ''adánica'' tentación revisionista -que es la escapatoria de los ambiciosos sin futuro- para centrarnos en las tareas que exigen nuestra atención. Yo he sentido en América la demanda casi anhelante de nuestros productos, nuestras exportaciones, nuestra proximidad política y nuestra mediación en sus conflictos, mientras los niños aprenden con juguetes estadounidenses, las señoras se visten con lencería y vestidos italianos, en las fiestas beben vino californiano, portugués y chileno, y celebran los eventos con mal champán francés hablando en ''spanglish''.

Nos urge América para rearmarnos; nos acucia Europa para recuperar una situación que nos permita opinar con autoridad; nos contempla el Mediterráneo y nos aguarda el futuro. A ver si dejamos de porfiar por una vez sobre si son galgos o podencos mientras otros nos levantan la caza. Decía el sabio Gracián que cuando se está bien -aunque nada sea perfecto, añado yo- es insensato pretender mejorar.

Darío Vidal.

280604

 

       Monarquía y república (28/06/2004 16:38)