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Publicado: 30/12/2008


 

LA AMBULANCIA DE MISLATA


Para ejercer una tarea, por humilde que sea, hay que estar dotado de un elemental repertorio de inclinaciones y cualidades. Un albañil habrá de tener una mínima idea de la proporción pero sobre todo no ha de padecer de vértigo; un bombero habrá de ser prudente, pero antes aún ha de ser fornido y arrojado; y un marino no debe tener miedo al mar pero sobre todo no debe ceder al mareo aunque ya sabemos que hay bomberos un punto enclenques y marinos que padecen mal de mar. Sin embargo, todas esas y otras limitaciones se subsanan con una pizca de esa inclinación indefinible que llamamos afición, o, si nos ponemos solemnes, vocación. Lo intolerable es añadir al no poder el no querer.

Pero la actividades en las que es intolerable la negligencia, la inhibición y la desgana, son las relacionadas con la sanidad. Si los que ejercen esas tareas no tienen inclinación al sacrificio, no se conmueven por el sufrimiento ajeno ni se movilizan para mitigar el dolor de los demás, deben dejar su actividad en manos más dignas y caritativas. Porque la conmiseración, la lástima y el humano compadecimiento van más allá de la actividad sanitaria y no son exigibles sólo a los profesionales sino a cualquier humano por el hecho de serlo, a tal punto que excusarse de asistir a un semejante, constituye un delito de denegación de auxilio.

Mas para los miserables nunca es Navidad. Hoy 30 de diciembre de 2008 nos hacen saber que en la localidad levantina de Mislata (40.000 habitantes, seguramente en su mayoría excelentes) los servidores de una ambulancia han devuelto a su domicilio después de varios días de internamiento dejándolo en el rellano , a un anciano descalzo, desnudo y tapado con un pañal suelto y un jersey. Dicen que, como no había nadie en casa, han tocado a los timbres de los vecinos y sin esperar a que saliesen, se han marchado dejando en el suelo su “mercancía”. Por fortuna han abierto una puerta y han arrastrado al enfermo casi desconocido hacia adentro.

Me ha recordado la noche en que los de una ambulancia se negaron a bajar en el ascensor de un octavo piso –porque no tenían obligación ni se lo pagaban-- a una persona muy querida, en estado de shock, semiinconsciente y tan grave que al poco murió, a la que tuve que arrastrar en una silla hasta la calle helada, porfiando para que no se desplomara, mientras que los fulanos que tenían que auxiliarme hablaban animadamente, ajenos a un problema que no les incumbía. Se trataba de mi madre y no he olvidado nunca sus rostros simiescos. Pero en esos casos nadie está para protestar, reclamar y porfiar, porque empeña todo su esfuerzo en salvar esa vida preciosa.

Tal vez las consecuencias del abandono de Mislata no fueron tan graves y las culpas se diluyan entre el personal del hospital que no vistió y acondicionó con decoro y dignidad al pobre náufrago que facturaron desnudo a su casa sin saber como y con quien vivía, y los “ambulancieros” que debían ser un chofer de reparto y su compadre. Pero ello no exime a nadie de tratar con el mayor respeto a una persona que el destino ha puesto en sus manos, sobre todo si no puede valerse por si misma y es anciana.

Pero el tiempo se cobra las deudas. Así es que próspera crisis, feliz año nuevo y buen expediente de regulación de empleo, colegas.

Darío Vidal

30/12/2008






 

       La ambulancia de Mislata (30/12/2008 19:16)