Hemeroteca:



Publicado: 13/11/2008


 

LO EFÍMERO


Un amigo me ha llevado esta mañana a su estudio para mostrarme un documento que ha encontrado. Y remontando los siglos en los archivos de su familia hemos ido a parar al siglo XVII, creo que a 1648, pero había aún más fondo porque podían verse legajos de más allá. No le he preguntado de cuándo data el primer documento pues con lo visto me bastaba. Había allí cartas de hijos estudiantes y correspondencia de familiares dedicados a la política, militares que intervinieron en el sitio de Orán, y píos clérigos que fueron del seminario a las misiones en América y se asombraban de la naturaleza y las costumbres ultramarinas como los primeros colonizadores.

Mi amigo tiene ordenadores en la oficina pero no en su estudio: escribe con pulcra caligrafía, como sus antepasados, y husmea en sus vidas rastreando su sangre hasta alcanzar el venero de su clan. Sin embargo su refugio se halla en un edificio acristalado muy distinto de su casa matriz y de aquella en que escribieron sus mayores.

Tal vez pueda preservar sus escritos, tan minuciosos y puntuales como los de sus antepasados. Pero el habitáculo en que estudia no prevalecerá aunque preserve sus papeles, que no es poco. Triste sino el nuestro y aciago el futuro de los arqueólogos que rastreen nuestra época, de la que no quedarán ya nuestras tumbas, ni los cimientos de las casas en que moramos, ni el papel en el que no escribimos. Porque las cartas, los documentos y hasta las polémicas –ahora demasiado concisas, simples y abreviadas-- se están desvaneciendo como escritas en el aire. Ya que, por más que los prudentes guarden memoria de su andadura en soporte digital, una descarga eléctrica, la cercanía de un generador o un apagón en la red puede convertir nuestra memoria en olvido. Nadie sueñe ya con “La Guerra de las Galias”. Lo efímero sustituirá a lo permanente.

La morada no es un refugio para siempre donde hacer un nido, ni La Casa en que ha de nacer nuestra estirpe. Ese arraigo en lo pasado para proyectar el futuro es algo que da vértigo a muchos de los que nacieron con nosotros. Tal vez no deseen encariñarse, contra lo que cabría esperar, porque sus padres o sus abuelos les han hablado a veces de lo mucho que perdieron en las guerras, las devastadoras contiendas del siglo XX en España y en el mundo, en las que la aviación utilizada como arma borró el paisaje familiar, que es tanto como privarnos de pasado.

En esta belicosa Europa cuya historia se ha confundido con la Historia de la Guerra, no ha habido generación que se haya librado de esa plaga temible --la única incubada por el hombre, la sola previsible y la que hubiera podido evitar la Humanidad deslumbrada por la cólera de Marte--, pero antes todo se recomponía, salvo la vida, con unas vigas nuevas, cuatro piedras y un poco de cal en las paredes. Ahora no solo el futuro sino también el pasado es efímero: es como si nunca hubiera existido. Los fabricantes de casas a piezas les otorgan una vida de veinte años: menos que el tiempo que tardarán a pagarlas. Y cuando se hayan desmoronado, los arquitectos harán otras más pequeñas para que los damnificados puedan renovar la hipoteca. Al fin, las parejas duran menos que la garantía de sus electrodomésticos y los niños nacen abocados a la guardería que es el parvulario del horfanato. ¿Puede decirme alguien si de verdad existieron alguna vez Hiroshima y Nagasaki?

Darío Vidal

13/11/2008

 

       Lo éfímero (13/11/2008 01:06)


 

EL ENTUSIASMO DE OBAMA

No sabemos hasta dónde llegará el nuevo mandatario de los Estados Unidos, Barack Obama, porque hasta los mas poderosos están aherrojados con cadenas. Pero hemos saludado el advenimiento del primer mandatario negro como el comienzo de una nueva era. Aunque sería insensato abandonarse a la imprudencia y exponerse a perder la esperanza, pues a pesar del poder casi omnímodo de los presidentes de Norteamérica no pueden ya decidir sin contar con los demás como los Reyes de la Baraja. El Estado es un bajel de miles de toneladas dotado de unas inercias capaces de quebrar cualquier timón si el piloto no maniobra con habilidad y se toma su tiempo. No importa que la tripulación esté impaciente por notar que la nave cambia de rumbo. Lo mismo que los espectadores.

La mayor parte de los europeos no somos anti-norteamericanos, como han dicho los propagandistas de la derecha y el señor “Asnor”. Únicamente hemos detestado la arrogancia, el desdén vejatorio de muchacho malcriado, la fanfarronería de nuevo rico y la audacia ignorante de muchos, que ha llegado al esperpento con George Busch, mientras despreciaba a sus aliados más fieles y al mundo, y se mofaba del Derecho Internacional.

Obama ha dicho que se educó en la constancia, el esfuerzo y la humildad que le inculcó su abuela Madelyn Dunham: su abuela blanca de Hawaii que terminó dejándole unas horas antes de su jornada de triunfo. Dios hizo con ella como con Moisés: que no le permitió ver la Tierra Prometida. Pero es bueno aprender que solo con humildad es posible perdonar el Poder.

Me temo mucho que Barak Obama no pueda con todo, no porque dude de su capacidad sino por la enorme dificultad y la amplitud de los retos, todos urgentes, todos inaplazables y todos aplazados, cuando no han sido alentados por ese “Forrest Gump” imprevisible y peligroso como un niño con pistolas, que es el presidente saliente. Y le deseo que el común de los administrados no pierda la paciencia y crea, como ahora lo hace, en su buena fe y en su deseo de trabajar por un ideal de sociedad abierta y justa.

Sentiría mucho caer en la ingenuidad del entusiasmo súbito, que suele privar de capacidad crítica a los deslumbrados por la fascinación de un líder o la contundencia del milagro. Pero hay indicios para creer y motivos para la esperanza. Da la impresión de que la presidencia no es para él la meta, como para la mayoría, sino el punto de arranque de una tarea de mucha más enjundia y entidad. No hay en sus palabras ni sus gestos la mínima brizna de frivolidad. Y con su llegada se vislumbra la hondura de un proyecto largamente madurado y, al mismo tiempo, la fragancia de la brisa del pueblo, la frescura de la savia renovada. No ha ocultado las dificultades ni se ha postulado como una panacea; más aún, ha reconocido que algunas de las medidas que habrá de tomar puedan no gustar a algunos, aunque sean necesarias.

El aura de Obama --se habla ya de “carisma”-- puede que se deba a la impresión de compromiso, sinceridad y entrega que comunica. Nos remite a Rosa Parks, Elizabeth Eckford, Cassius Clay y M.L.King cuya muerte querríamos conjurar y aún tememos, aunque Colin Powell y Condoleezza Rice supongan un precedente que parece distanciarnos de la amenaza. Dios lo quiera y que el presidente electo logre alumbrar la nueva era.

Darío Vidal

07/11/2008

 

       El entusiasmo de Obama (13/11/2008 00:59)