Hemeroteca:



Publicado: 25/09/2008


 

JUECES SIN PARTIDO


La sociedad española esta conmocionada ante el caso del juez Carlos Dívar porque es un señor al que no se le conocen vicios, ni amigos, ni enemigos, ni ruindades, ni afinidades políticas. Se rumorea, eso sí, que es católico practicante y que va con frecuencia a comulgar. Una cosa hasta ahora mismo frecuente en España pero que es ahora un motivo de alarma entre algún sector del respetable. Señor ¿pues no se ha dicho que ni el pensamiento ni el sexo ni la religión supondrán traba alguna para el ejercicio profesional de los ciudadanos? Si fuera maoísta, espiritista, masón o hare-krishna no habría despertado tantos recelos. Y eso a pesar de que se le reconoce como persona culta, de cortesía exquisita y trato amable, que es lo que en realidad debe alarmar entre la garrulez ambiente. (“Joder, tío, que viene un juez que da los buenos días, cede el paso, y no blasfema ni eructa”. “Hostia, ¿y de donde han sacado ese ejemplar...?”) En algunos círculos comentan con asombro que no pertenece a ningún partido. “¡Ya será 'facha'!” --malicia un avisado. Y es que, claro, alguien tiene que tener detrás para que le aúpen a uno así.

Es “el extraño caso del juez que no pertenecía a ningún partido”. El juez que no debía favores, el juez sin compromisos, el juez independiente. Un título de novela para Miguel Mihura. Y ya ven, esa condición debería ser indispensable para impartir Justicia con justicia, con rigor y con equidad. Pero entre nosotros constituye un contrasentido, una rareza.

Sorprende hasta qué punto se ha subvertido el valor de las cosas de un tiempo a esta parte. En otro tiempo hubiese resultado escandaloso que un funcionario público se declarase partidario de un partido, valga la redundancia, y ahora no solo no nos sorprende sino que admitimos que se nombran por cuotas como los miembros de algo tan serio como el Consejo General del Poder Judicial, que, por ser tan serio, fija en sus estatutos que sus componentes han de ser apolíticos.

Por supuesto que nadie es quién para impedir a una persona que tenga sus propias ideas y su criterio formado sobre las cosas; ni siquiera el Estado. Pero sí puede demandar que cada cual reserve sus ideas para la hora del voto. No es una ingenuidad. Es una delicadeza, cuando se trata de personas que tratan con otros --excepción hecha de los políticos profesionales que es lógico y natural que exhiban su militancia-- y más si pueden influir o incidir en los demás. Nadie contrataría a un camarero que dijese: “Yo no saco el café a un tío del partido Tal porque los de ese partido son unos ladrones”. Ni al que dijera: “Que vayan preparándose los del partido Cual si ganamos las próximas elecciones”. Un elemental instinto mercantil desaconsejaría tales alegrías de “librepensamiento”.

Es muy probable, casi seguro, que el juez Carlos Dívar tenga su opinión y sus preferencias. Naturalmente. Pero será muy inteligente que, a la hora de aplicar la Ley, se atenga exclusivamente a la norma, como ha venido haciendo hasta hoy. Y esto es lo que habría que pedir a los funcionarios y sobre todo a los de la Justicia: Piensen ustedes lo que quieran, pero que no se les note. Sería su mejor servicio a la Democracia.

Darío Vidal

25/09/2008


 

       Jueces sin partido (25/09/2008 21:34)