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Publicado: 23/09/2008


 

MORATINOS EN EL CIRCO


Un presidente con dignidad, un ministro de Exteriores con vergüenza, y un país que se preciase –o sea uno que no fuese España--, no habría tolerado que la repatriación de unos inmigrantes ilegales se hubiese convertido en un bochorno planetario. No es de recibo escudarse en que no se puede negociar con países sin formalidad y sin cultura, en los que todos quieren poner la mano. Una nación seria tiene que prevenir cualquier eventualidad y tener planes B, C y D para afrontar hasta la más impensada contingencia.

Qué sentido tiene que vinieran a España representantes del país de origen para conocer e identificar a sus connacionales retenidos aquí, y qué haber negociado, pactado y acordado las contrapartidas –que las habría-- para volver a hacerse cargo de ellos. Inaceptable. ¿Qué hubiera hecho Francia, qué Inglaterra es un caso así?

Lo de menos, con ser mucho, es tragarse a los inmigrantes ilegales. Lo grave es hacer el ridículo en todas las cancillerías del mundo poniendo de relieve la miseria de nuestros recursos, la incapacidad de nuestra política --por llamarla de algún modo--, y la mediocridad de los cerebros –si es que hay alguno--, que idean, inspiran, conducen y orientan nuestras relaciones exteriores. Cómo han de tenernos en cuenta quienes presencian estos tristes espectáculos. Al mínimo e inefable Moratinos, conocido asimismo por Mantequilla, ínfimo paladín de las estrategias zapateras en el Tercer Mundo, le vendría grande la adjuntía al agregado de canciller en la embajada de Palikir, en lo más perdido y profundo de la Micronesia. Porque no es posible hacerse creíble ni respetable, con una mirada suplicante de perpetua sumisión y perplejidad, y el gesto de un anélido carente autoestima.

Uno de sus méritos consistía, según parece, en que hablaba swahili. Mas también lo hablan en Bujumbura y Dodoma, por no referirnos a las tribus y aldeas de las riberas del Tanganyka, y eso no les capacita para ser ministros de Exteriores. Aquí tampoco como se echa de ver. Y como la probada cerrazón, terquedad y contumacia castellana --”mantenella y no enmendalla”-- de su jefe Zapatero el del Talante, no nos autoriza a pensar que vaya a cesarlo, habrá que pedir a su partido que transfiera la presidencia a otro militante como por ejemplo, a María Teresa Fernández de la Vaga, y que ella elija a un jefe de la diplomacia con un cierto decoro patriótico y una pizca más de olfato, oficio, experiencia y mano izquierda. Su gestión hasta ahora podría haberla mejorado el conserje de casa, que no pasa de Graduado Escolar. Dicho sea con todo respeto a nuestro conserje, que no se ha graduado en la Escuela Diplomática ni habla idiomas exóticos.

Que no nos distraiga ZP moviendo los hilos de la señorita Aido con sus leyes de Igualdad, normativas sobre abortos, o campañas de exhumaciones cadavéricas, que es una macabra actividad contraria a las obras de caridad. Y que se preocupe y ocupe de la recesión económica para idear soluciones; que se dedique a solucionar los cientos de problemas que nos acucian y no a inventar otros que no nos desvelan. Y finalmente que reemplace a Moratinos por un diplomático normal –de los que han recluido en oscuras oficinas-- para que oriente nuestra política exterior con criterio, con habilidad, con mano de dama pero con firmeza. Y sobre todo con eficacia.

Darío Vidal

23/09/2008

 

       Moratinos en el circo (23/09/2008 23:57)


 

EL AYUNO DE 'PIRATA'


Alguna vez les he contado que tengo una perra albinegra y mimosa, una suerte de cojín de dócil plumón, una especie de osito de peluche que pocas veces se encrespa y porfía como si fuera una perra de verdad. Las más se adormece apoyada en mi pie como una gata. Le llamo Pirata porque tiene uno de sus ojillos apenas visible entre una fronda de pelo azabache como los parches de los bucaneros tuertos, pero igual le podía haber llamado Torera porque tiene la frente y las colgantes orejas negras como una montera. O haberla llamado eso, Montera, que habría sido mas certero.

Con los nombres de los animales nos sucede como con los de los hijos, sin pretensión de comparar: que les ponemos nombre antes de saber si van a concertar en género y número con su temperamento. El caso es que mi tierna, mi dulce, mi afable, mi cariñosa Pirata, que solo se desmanda y muerde cuando jugamos y pierde el sentido de la medida y el tiempo como los niños, me da una lección cada día.

Estas jornadas, a medias por el calor y las tareas que se habían quedado rezagadas y preteridas, apenas he comido. Y veía que Pirata parecía desmejorada y macilenta. Languidecía. Hasta que hoy me he dado cuenta de que tampoco ella había comido. Como yo no probaba bocado, ella ayunaba. Parece que quisiera expresar su solidaridad conmigo, su apoyo a no sabía qué, pero que debía de ser una causa justa puesto que era la que yo elegía. “¿Pero se puede saber por qué no has comido? ¿No te das cuenta de que si no comes vas a morirte, insensata? Y ella me miraba atentamente torciendo la cabeza o un lado y otro como esforzándose por entender, aunque estaba entendiendo la infinita dulzura que ponía en mi voz, que es más importante que las palabras, mientras agitaba frenéticamente la cola rizada como un surtidor de jardín. No se puede explicar la profunda ternura que este bicho me inspira, ni la idea de leal amistad que me comunica. Sé que puede parecer que desvarío y estoy dispuesto a cambiar las palabras para no atribuir a un animal “sacrílegamente” los más nobles sentimientos de las personas. Pero defenderé que un ser que toma partido por alguien, sin conocer obviamente las razones de la elección que él secunda, contraviniendo incluso la llamada del instinto y la proverbial sensación de hambre “canina” que le acomete, merece antes la consideración de amigo que el noventa por ciento de los humanos a los que damos ese nombre.

Cuando ha visto que me servía algo de comer y ponía la música, “Pirata” ha roto el ayuno y se ha dedicado a comer con fruición, alzando de vez en cuando la mirada mientras se relamía el hocico.(“¿Verdad que está rico?”).

Ahora está a mis pies sesteando, y de vez en cuando lanza un largo, un profundo suspiro de satisfacción, entreabriendo un ojo. Entiende que el mundo está en orden. Ha permanecido unos días malcomiendo o sin comer como yo hacía, porque era tiempo de no comer. Ahora que se puede, lo hace conmigo, con su amigo y ha comido deleitosamente. En este momento dormita a la sombra difusa de un estor, apoyando la leve cabecita despeinada en mi zapato con el rumor de voces y los olores familiares.

Me dirán que los perros no piensan estas cosas. Nosotros tampoco, pero las sentimos. Como ellos.

Darío Vidal

18/09/2008

 

       El ayuno de Pirata (23/09/2008 23:38)