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LA CORBATA DEL MINISTRO
Miguel Sebastián Gascón, de profesión Amigo de Zapatero, ha dado sobradas muestras de su talento, digo talante, durante su fugaz carrera a la alcaldía de Madrid. En aquella ocasión engañó, mintió y se desbordó, y como no sacó apenas representación se negó a recoger su acta de concejal y a ocupar su puesto en el Ayuntamiento (“¿Don Miguel Sebastián?”. “Sipi, que estoy aquí”. “Su acta de Concejal”. “¿Mi acta dice, con esa basura de votos...?¡Le doy así...!¡Amos, anda!”) Y es que el “señor Sebas” se cae de puro chulo, que es más chulo que un ocho. ¿Qué digo se cae? Él no se cae: él se tira. Es un personaje de Arniches, un majo de zarzuela, un “sujeto de postín y circuntancias, con vergüenza, redaños y quinqué ¡olé que sí!”. Un figurín de 1957, que es cuando comenzó a emitir oficialmente TVE en el chalet de la Avenida de la Habana, con dos únicas cámaras dos, una de las cuales tenía el orticon jodido y dejaba memoria de la imagen. Pero eso no viene a cuento. Lo que cuenta es que el tal es un sobrao capaz de sentarse en el escaño del banco azul del Gobierno por primera vez, sin ponerse la corbata. Y es lo que dice: “Yo he dado libertad a mis subordinados incluso para que se quiten la chaqueta, a no ser que se hallen en un acto público”. (No voy a ser tan primavera de excluirme yo, se habrá dicho) Pues, señor –tendría que haberle dicho alguien-- ¿en que clase de acto creía que se encontraba usted en pleno hemiciclo del Congreso, con luz, taquígrafos, cámaras de televisión y flashes? Y aunque no fuera por eso, una mínima cortesía demanda corresponder del mismo modo al decoro con que visten el resto de los diputados y sobre todo los otros miembros del Gobierno, su presidente y el presidente de la Cámara. Si hace calor, ellos también lo tienen. Y en las ocasiones en que preside la sesión el Rey, lo mismo. Mire usted, “señor Sebas”, si no tiene la delicadeza, la sensibilidad y el tacto de entender ciertas cosas, usted no sirve para ellas. Menos aún para ser político. Nosotros hemos visto al Rey pasar revista a las tropas, cayendo chuzos de punta, y allí ha estado impávido calándose hasta la camisa como los soldados. Y su bisabuelo don Alfonso XII que Dios haya, se escapo de Palacio unos meses antes de morir, para ver y confortar a los enfermos del cólera en el Regimiento de La Granja con los que estuvo hasta llegar la noche. “Pues vaya gilipollez”-- dirá usted. Ya sé que no lo entiende. Nadie tendría que obligarle a eso. Se siente íntimamente o no se siente. Y si no, se pone a vender neveras o se dedica a elaborar informes desde su casa a tanto el folio y santas pascuas. Pero tener además la arrogancia y la majeza de rechazar también la prenda que le ofrece discretamente el presidente del Congreso, que lleva corbata y encima está en su casa, es de una falta de educación y una zafiedad que lo inhabilitan a usted para desempeñar su cargo –el que sea--, para salir al extranjero en su ejercicio, y para representar a España en cualquier parte. Y vaya con Dios, que no conmigo, ”señor Sebas”. Darío Vidal 04/07/2008 |
La corbata del Ministro (04/07/2008 10:19)
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¿ Y CÓMO ENTRÓ ?
A mi, las reflexiones de ayer sobre la japonesa Tsatsuko Horikawa que se alojaba por las noches en el armario de un desconocido en la localidad nipona de Fukuoda, no me han liberado como suelen sino que han multiplicado mi inquietud. Nada más terminar me asaltaron en tromba las preguntas. Por ejemplo ¿Por qué eligió aquel y no otro domicilio, si no conocía al propietario? ¿Sabía que era solterón y probablemente sarasa? ¿Cómo pudo pasar inadvertida durante más de un año en el altillo del armario de un apartamento que, con toda probabilidad, no llega a cuarenta metros? ¿De qué modo entraba y salía, de no estar enquistada allí noche y día como las garrapatas? Ese es un interrogante que aún no ha logrado aclarar ni la policía, que le supone haber frecuentado también otras casas (¡pues peor me lo ponen!) Porque, vamos a ver, alguna expectativa se habría forjado respecto a la prolongación de la estancia, la regularización de su permanencia y la relación con el desconocido cuyo aire parasitaba cuando dormía y con el que roncaba cada noche, digo yo. Y me pregunto por qué no se hizo la encontradiza en la escalera para seducir al propietario. Claro que, sin haber sido previamente presentados, ese sistema tenía escasas posibilidades de éxito en Japón. No sé: meterse en la cabeza de otro es siempre complicado; si pertenece al sexo opuesto, más, y cuando se trata de un oriental por añadidura, puede resultar laberíntico. Aunque hay algo común, sin exclusión de razas, que aquí se revela con sordidez patética: la humana necesidad de compartir, el cómplice deseo de estar con otro, la exigencia perentoria de reunirse con la manada a la hora de descansar y el afan de respirar el mismo aire. No sabemos el nombre del solterón desarraigado y vacío que la denunció. No importa: en el pecado llevará la penitencia. A mi me importa recordar el de Tsatsuko Horikawa, la mujer que no ha querido perder su cálida condición de animal de manada u homínido de horda, de compañera a toda costa, de amante y de madre sin objeto ni meta, de desnudo ser humano aquejado como tal del vacío de la soledad, sin negarse a ser humanamente consciente de esa necesidad de comunión, ni siquiera en una sociedad tan fría, tal indiferente, tan distante, tan estéril como la suya. Como la nuestra. El apetito que la llevaba hasta la nevera y delató su presencia, no era más que la expresión de otra hambre más honda, imperiosa e insaciable. No importa cómo entrase. Darío Vidal 04/06/2008 |
Y cómo entró (04/06/2008 20:09)
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PUNTUADORES DE DEBATES
No sé si ustedes recuerdan el chiste aquel del incauto al que un grupo de truhanes enseñaban un juego de cartas desconocido, y descubrió que las veces que apenas había dinero en la mesa ganaba él la partida, y que cuando los envites eran cuantiosos las perdía siempre. “Pero, coño, explíquenme mejor las reglas, porque con tanta excepción no me aclaro nunca”. Pues bien, algo parecido sucede a los ponderadores de debates y a los recolectores de opiniones para encuestas de urgencia. No voy a entrar en el debate sobre el Debate de ayer, que a mi juicio nadie ganó, porque ZP se refugió medroso en las tablas para que no le sacasen de allí –bonita actitud para un dirigente-- y un incauto Rajoy que entró al trapo, o al engaño, para continuar con el lenguaje taurino, con una ingenuidad de neófito que le impidió desarrollar su argumentación; eso si no consintió que su contrincante negara continuamente con la cabeza, tapando los argumentos con su propia voz, mientras repetía la misma frase en el mismo tono, para impedir que se le oyera. Una comportamiento que hubiera debido atajar el moderador si lo hubiese habido pero que que rebasó por completo a Olga Viza. El caso es que aunque ninguno ganó, el aspirante a cuerpo descubierto por bisoñez, y el presidente aculado en el burladero, haciendo que pasase el tiempo con marrullería para no mostrar que no tenía una solo idea, dieron un espectáculo que decepcionó a todos, según pudo confirmarse en las radios, muy a pesar del partidismo apologético e impúdico de Margarita Sáenz Díez, Calleja y el Elkázer en el programa “59 segundos”. Y yo me pregunto quién es capaz de puntuar un debate como un árbitro de boxeo, al margen de las simpatías o antipatía previas. Que nos lo cuenten los sabios como demandaba el tristo incauto al que desplumaban los truhanes. “Que me lo expliquen que no se inglés”. Vamos a ver. Una ocurrencia brillante, medio punto; un argumento, un punto; un razonamiento que desmonte la argumentación del adversario, dos puntos; denunciar una contradicción culpable o un renuncio, tres puntos arriba y en sentido inverso, podría sancionarse al que dijese una tontería con un cuarto de punto negativo; penarse las inexactitudes con medio punto negativo; una mentira, un punto menos; una mentira utilizando documentos, dos puntos abajo con amonestación; impedir que el contrincante hable, amonestación; evitar que se le entienda, un punto abajo y amonestación.. Y así sucesivamente. Asimismo habría que valorar los gestos que denotan inseguridad, los “tics” que delatan la mentira, la disposición de las manos, la forma de sentarse, de gesticular y de conducirse, como la postura corporal, los gestos, las actitudes despectivas, las muletillas para ganar tiempo, las reiteraciones, etc. De ese modo podría hacerse un cómputo de aciertos y de errores, de razones y sinrazones. Treinta y siete puntos y tres tercios menos cuarenta y seis negativos, al hoyo. Treinta y seis puntos positivos menos menos veinticinco negativos, pasa por delante del rival, “ma non troppo”. Así sería todo un poco más creíble. Pero ahora nadie garantiza nada. Y sería interesante anotar las razonas y los gestos en un papel. De otro modo ¿quiénes son los árbitros y quienes los arbitran a ellos? Darío Vidal 04 / 03 / 2008
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Puntuadores de Debates (04/03/2008 21:53)
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MÁRTIRES DE GUANTÁNAMO EN NAVIDAD
Quién dijo Infierno. El infierno lo instauramos nosotros haciendo acopio de toda injusticia, toda sinrazón, toda crueldad y toda impiedad: un tormento hecho y aplicado en su desmedida brutalidad, a la medida de los hombres. No culpemos a Satanás. El Infierno es, más que las llamas imaginadas, el martirio infinito de Guantánamo, donde los recluidos, aislados en habitáculos que llaman gallineros, a temperaturas asfixiantes bajo un techo de uralita, colocado no para resguardar del sol sino para concentrar el enloquecedor calor del trópico, gritan, lanzan alaridos como las bestias, se revuelcan en el cemento ardiente, encadenados de pies y manos a bolas de acero como en los calabozos del siglo XVII, o permanecen inmóviles, perdido ya el juicio y reducidos a una existencia vegetal mediante técnicas de inhibición sensorial que impiden que oigan, vean y experimenten estímulos, aislados con tapones, guantes y capuchas. Y si sus voces resultan demasiado molestas, introduciendo en las bocas un artilugio parecido a las “peras de ahogo” que ponían a los locos hasta el siglo XIX, privándoles casi respirar y del menor atisbo de libertad. Sería comprensible tanta crueldad gratuita en el Diablo, que sirve de chivo expiatorio para lavar nuestras culpas porque podemos esperarlo todo de él, pero nadie acierta a comprender la aterradora vesania de un país que se dice cristiano y se proclama a sí mismo la primera Democracia del planeta, mientras el resto de las naciones repiten, con adulación lacayuna y servil, que sí, que encarna el mejor de los mundos, como decían de la URSS sus sometidos. Esta mañana, la radio nos ha devuelto a la vida y la vigilia con el atroz reportaje de urgencia que Vicente Romero ha preparado durante una filmación estremecedora para “Documentos TV” en el penal militar estadounidense de la costa cubana, donde lo peor, con serlo, no es ya la tortura de imaginarios terroristas culpables y malvados, sino el hecho de que más del ochenta por ciento de los secuestrados –porque están detenidos con cargos supuestos pero sin pruebas, sin juicio, sin esperanza, sin asistencia letrada y sin garantías-- son inocentes reconocidos, comprados a cinco mil dólares por cabeza como puro ganado a los Señores de la Guerra afganos, para dar la sensación de que la Inteligencia militar norteamericana es tan eficaz que al poco del 11-S ya habían caído en sus manos todos los terroristas de las Torres Gemelas. Naturalmente menos Bin Laden cuya familia mantiene con la de Bush cordiales lazos comerciales y amistosos desde hace dos generaciones. “¡Merry Christmas!” Pero el Mal no es un poder manejable y estanco. Esos soldados tan minuciosamente deshumanizados a los que han lavado el cerebro, suturado la compasión, extirpado la piedad y robado el alma, comienzan destruyéndose a sí mismos porque acaban odiándose. Pero además viven en el terror de lo que han hecho y, al volver a casa, tienen que proveerse de armas para infundirse valor y, cada vez con más frecuencia, agreden, roban, violan y asesinan, porque con los valores han perdido la capacidad de amar. “¡Feliz Navidad!” Los Señores de Guantánamo y Abú Ghraif, como los de Mauthausen, son responsables de violar la dignidad del hombre. Pero nada nos exime de una parte de culpa. No carguemos todo en las alforjas del Diablo. Tenemos que expiar la culpa de desentendernos. Y ellos demandan a gritos un Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra. Darío Vidal 04/01/2008 |
Martires de Guantánamo en Navidad (04/01/2008 20:56)