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CONJURA DE LA MEMORIA
Me da la impresión de que la ciencia está tomando postura frente a Zapatero: a mi me preocuparía que la Memoria Historica, pudiera ser barrida por los móviles. Todos sabíamos que las microondas que emite el móvil pueden producir tumores cerebrales, cáncer y discapacidad genésica que tampoco es moco de pavo. Pero lo que ignorábamos es que pueden dejarnos la mente como un papel en blanco. Acaban de decirlo unos científicos belgas de la Universidad Católica de Lovaina: el doctorando Kirk Adang y el director de su tesis sobre los efectos de las ondas pulsadas, el profesor André Van Der Vorst, quienes han probado en primera instancia, sobre una muestra de ciento veinticuatro ratas de laboratorio sometidas durante año y medio a radiación intermitente, que las ondas que emiten los teléfonos móviles, las redes Wifi y su antenas, reducen notablemente la memoria de estos animalitos, y en algunas ocasiones acortan su vida. Lo de matar tiene muy poca gracia, hay que reconocerlo. Uno ha estado siempre contra la pena de muerte y ha firmado solicitudes, alegatos y manifiestos cuando expresarse a favor de la vida era “subversivo”. Pero eso de que un “tipper” burlón nos apee de la biografía y de la Historia puede que fuese beneficioso porque “nos haría dormir en el suelo como cualquier animal”, despojándonos de la arrogancia vana de los títulos académicos, de la huera fatuidad de las honras y los honores, y de la hinchazón de la autoestima hipertrofiada (“¿Qué opina usted de la situación, señor Secretario de Estado?” “La verdad es que no tengo ni puñetera idea ¿pero por qué me nombra usted de ese modo tan raro?”) Y también de la tentación de la petulancia (“Usted no sabe con quién esta hablando”. “¿Ah, pero es que usted es alguien?”) Pues ya ven, ahí nos puede llevar una sobredosis de radiación que, no afectando a la inteligencia y solo a los recuerdos, puede hacernos tan humanos como las ratas –dicho sea con todo el respeto hacia ellas--, tan tratables como cualquier animal y, desde luego, despejarnos el camino hacia una sociedad más humilde y mucho más sencilla: la senda de la verdadera Democracia. A mi me parece que la memoria es la patología de la Cultura. Los cristianos españoles hemos estado casi un milenio de uñas con los españoles musulmanes hasta reducirlos a “moriscos”; a Polonia han estado a punto de aniquilarla entre Rusia y Alemania; Alemania ha deseado a la dulce Francia con pasión carnal, y Turquía ha cifrado su proyecto vital en colonizar el oeste del Mediterráneo, aunque ahora acepte que la Unión Europea la posea. El caso es consumar esas nupcias entre Oriente y Occidente como novio o como novia. El proyecto auroral de la Comunidad pretendió en buena medida desactivar esa memoria perniciosa de los litigios pendientes, con un integrador Nosotros capaz de dirimir las diferencias en la mesa de negociaciones. Lo mismo que quisimos hacer en casa con nuestro sangriento desastre civil, hasta que el señor Zapatero, que además de necrófilo es el Gafe Mayor del Reino, se aplicó a desenterrar muertos con el propósito de rehabilitar a su abuelo, fusilado como otros miles en uno y otro lado, por pertenecer a una Logia. Así es que a ver si el móvil lo desmemoria y nos deja tranquilos. Darío Vidal 02/07/2008 |
Conjura de la memoria (02/07/2008 11:18)
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SAHARAUIS ESPAÑOLES
“Yo nací español y fui a la escuela de mi pueblo mientras había una bandera de España; haré todo lo que pueda para no morirme marroquí”,- decía por la radio uno de los saharauis que acababan de obtener el D.N.I en la policía de Córdoba. No sé hasta qué punto ésta manifestación será sincera, aunque aquí no ocultamos nuestros sentimientos hacia los hijos del desierto cuyos niños son acogidos como propios, verano tras verano, en los hogares de la Península. Otra cosa es el comportamiento de los políticos tan de espaldas a nuestros sentimientos. Pero son muchos los testimonios de reconocimiento hacia la antigua metrópoli o por lo menos hacia su gente. No sabremos en mucho tiempo si les traicionó el franquismo declinante delegando en el ministro José Solís Ruiz, representante de los intereses privados de la dinastía alauí, quien se dirigía “de cordobés a cordobés” al rey Hassán II de Marruecos; si les abandonó la torpe y medrosa diplomacia española que no supo defender su territorio; o si fue la delicada coyuntura de la transición lo que no permitió dar cauce a una descolonización que nos infama. Pero España está obligada a defender los legítimos intereses de los saharauis uno a uno, y del Sáhara en su integridad, favoreciendo el referendum aplazado “sine díe” por las maniobras dilatorias del vecino del sur que infiltra familias marroquíes en el desierto para desvirtuar la consulta, si finalmente se produce, por lo que tenemos la responsabilidad de denunciar la pasividad, la lenidad y la ineficacia probada de la ONU que se muestra como una institución enmohecida, costosa, sin autoridad e inútil, cuando no fraudulenta. Ignoro cuándo Exteriores ha adoptado esa medida de protección con los antiguos españoles, pero me parece una cautela imprescindible para ponerlos a salvo de los servicios secretos marroquíes, que en ocasiones los hacían desaparecer como los conejos de la chistera. Y no puedo olvidar a Abdelkéder, mi amigo Abdelkáder que un día faltó a la cita en una población del Rif y del que todos me juraban no saber nada, mientras los que el día anterior porfiaban por venderme sus baratijas me rehuían en el zoco. Me fui sin saber de él, sin poder hacer nada y sin conocer cual había sido su suerte, mientras notaba que era seguido por unos individuos que iban relevándose, hasta que logré colarme en un autobús vestido con una chilaba parda y la capucha calada como un “hombre santo”, no sé si porque los burlé o porque se dieron por satisfechos con que me fuera. En las últimas fechas ya no basta con el testimonio de quienes pretenden acogerse a la doble nacionalidad, porque comenzaba a haber “polizones” que podían desvirtuar el perfil de la población llamada a votar en un eventual referendum. Pero tengo entendido que nadie se opone a concederles nuestro pasaporte si demuestran fehacientemente que son hijos del Sáhara como aquel noble, piadoso, hospitalario, generoso y fraterno Abdelkáder, que encomiendo tantas veces a Alláh para que no le acarreara consecuencias nefastas su limpia amistad y su hospitalidad con un infiel. Darío Vidal 02/06/2008
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Saharauis espaņoles (02/06/2008 20:07)
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EL MÓNSTRUO DE AMSTETTEN
A mi me parece que lo más grave de los crímenes son sus consecuencias mediatas; lo peor no es el muerto ni el acuchillado sino lo que ese muerto o ese herido enseñan a los ocasionales testigos. Eso lo saben muy bien los estrategas del terror. Lo importante es que nadie se sienta relajado, que nadie esté tranquilo, que todos convivan con el miedo. Por eso me he planteado muchas veces, contrariando mi primer impulso de comunicador, si es aconsejable ventilar los crímenes. Aunque lo malo es que establecido el precedente, se podría cuestionar la libertad de informar y eso quebrantaría la Democracia. Es una grave disyuntiva porque me parece que el conocimiento de la maldad, que es contagiosa, nos hace peores. Me sugiere esta reflexión la historia aterradora de ese infame estuprador incestuoso, padre de siete hijos, que escondió a una de las muchachas en el sótano y ha tenido con ella otros siete más en los últimos veinticuatro años de secuestro, dentro de un bunker sin luz natural, cerrado con una puerta blindada de cemento y accesible solo con una combinación que nadie conocía. Claro que, según parece, nadie en Amstetten --Austria, 25.000 habitantes-- conocía tampoco lo que sucedía bajo los árboles y el césped del plácido jardín. Algo más diabólico, cruel, truculento e inverosímil que un relato de terror ha estado sucediendo en una “tranquila población donde nunca pasa nada”, tal vez porque no ha habido nadie que haya detectado las cosas sorprendentes que han debido de ocurrir necesariamente a lo largo de los veinticinco años de cautiverio de esta muchachita de dieciocho entonces --”díscola” según su padre-- que ha cumplido los cuarenta y tres en su calabozo y parido siete hijos de su padre y violador. Algo anormal, algo excepcional, algo inusual, algo incluso sospechoso --sospechoso no se sabe de qué--, ha tenido que ocurrir en cuarenta y tres años –15.695 días, hora por hora-- que alertase al vecindario más aletargado que cupiese imaginar en una población, aunque pasasen hasta cosas mas llamativas de las que acontecían normalmente en Amstetten. Una adolescente que desaparece; que envía cartas periódicamente desde un paradero desconocido; que deja en la puerta de sus padres a tres niños para que se hagan cargo de ellos (Lisa, hoy de 16 años, Mónika de 14 y Alexander de 12), con lo que su paradero no debía ser tan arcano y remoto, ni tan difícil de rastrear, en vista de las sucesivas obras de ampliación del subterráneo; de la compra de material, de medicinas y de alimentos para cuatro personas, la hija secuestrada, Elizabeth, de 43 años ya, y sus hijos Kerstin de 21, Stephan de 18, y Félix de cinco. Pero nadie buscó a Elizabeth Fritzl. Ni la encuentró por descontado. Parece poco creíble que Josef Fritzl, un jubilado de 73 años, pudiera cargar con una doble vida y trece hijos --dos universos paralelos asentados en las plantas superiores y en el siniestro sótano de 60 metros bajo el jardín, en el mismo edificio--, sin la complicidad de alguien, y sin conocimiento de su esposa Rosemarie quien, según testimonio de su propia hermana –quien se ha sincerado sólo porque sabe que está ya detenido-- ha vivido aterrorizada durante sus cincuenta años de matrimonio. Nadie puede medir ni ponderar el terror que este monstruo ha generado entre los que ha condenado a no vivir. Darío Vidal 02/05/2008 |
El monstruo de Amstetten (02/05/2008 20:47)
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EL MÓNSTRUO DE AMSTETTEN
A mi me parece que lo más grave de los crímenes son sus consecuencias mediatas; lo peor no es el muerto ni el acuchillado sino lo que ese muerto o ese herido enseñan a los ocasionales testigos. Eso lo saben muy bien los estrategas del terror. Lo importante es que nadie se sienta relajado, que nadie esté tranquilo, que todos convivan con el miedo. Por eso me he planteado muchas veces, contrariando mi primer impulso de comunicador, si es aconsejable ventilar los crímenes. Aunque lo malo es que establecido el precedente, se podría cuestionar la libertad de informar y eso quebrantaría la Democracia. Es una grave disyuntiva porque me parece que el conocimiento de la maldad, que es contagiosa, nos hace peores. Me sugiere esta reflexión la historia aterradora de ese infame estuprador incestuoso, padre de siete hijos, que escondió a una de las muchachas en el sótano y ha tenido con ella otros siete más en los últimos veinticuatro años de secuestro, dentro de un bunker sin luz natural, cerrado con una puerta blindada de cemento y accesible solo con una combinación que nadie conocía. Claro que, según parece, nadie en Amstetten --Austria, 25.000 habitantes-- conocía tampoco lo que sucedía bajo los árboles y el césped del plácido jardín. Algo más diabólico, cruel, truculento e inverosímil que un relato de terror ha estado sucediendo en una “tranquila población donde nunca pasa nada”, tal vez porque no ha habido nadie que haya detectado las cosas sorprendentes que han debido de ocurrir necesariamente a lo largo de los veinticinco años de cautiverio de esta muchachita de dieciocho entonces --”díscola” según su padre-- que ha cumplido los cuarenta y tres en su calabozo y parido siete hijos de su padre y violador. Algo anormal, algo excepcional, algo inusual, algo incluso sospechoso --sospechoso no se sabe de qué--, ha tenido que ocurrir en cuarenta y tres años –15.695 días, hora por hora-- que alertase al vecindario más aletargado que cupiese imaginar en una población, aunque pasasen hasta cosas mas llamativas de las que acontecían normalmente en Amstetten. Una adolescente que desaparece; que envía cartas periódicamente desde un paradero desconocido; que deja en la puerta de sus padres a tres niños para que se hagan cargo de ellos (Lisa, hoy de 16 años, Mónika de 14 y Alexander de 12), con lo que su paradero no debía ser tan arcano y remoto, ni tan difícil de rastrear, en vista de las sucesivas obras de ampliación del subterráneo; de la compra de material, de medicinas y de alimentos para cuatro personas, la hija secuestrada, Elizabeth, de 43 años ya, y sus hijos Kerstin de 21, Stephan de 18, y Félix de cinco. Pero nadie buscó a Elizabeth Fritzl. Ni la encuentró por descontado. Parece poco creíble que Josef Fritzl, un jubilado de 73 años, pudiera cargar con una doble vida y trece hijos --dos universos paralelos asentados en las plantas superiores y en el siniestro sótano de 60 metros bajo el jardín, en el mismo edificio--, sin la complicidad de alguien, y sin conocimiento de su esposa Rosemarie quien, según testimonio de su propia hermana –quien se ha sincerado sólo porque sabe que está ya detenido-- ha vivido aterrorizada durante sus cincuenta años de matrimonio. Nadie puede medir ni ponderar el terror que este monstruo ha generado entre los que ha condenado a no vivir. Darío Vidal 02/05/2008 |
Los enigmas de Amstetten (02/05/2008 20:33)
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INMIGRANTES O INVASORES
Hemos saltado la barrera del año. Estamos ya en 2008. Feliz año nuevo. Pese a que nuestros políticos prefieren apoyar a las desvalidas compañías de suministro de agua, de fluido eléctrico, de servicios telefónicos y de gas sin apenas beneficios que a sus usuarios, por aquello de que si no puedan pagar lujos, que no los contraten. Y lo mismo puede decirse de los jubilados a los que el incremento de pensiones servirá apenas para pagar a las malas Compañías. De modo, que lo comido por lo servido. Pero ese vaivén del “si” pero “no” a que nos tiene acostumbrados ZP, nos remite, entre otras, a la Ley anti-tabaco que interpretan las comunidades autónomas según su capricho y cada establecimiento a su voluntad siguiendo el talante desentendido y ecléctico del Presidente, que evita comprometerse incluso en asuntos de Estado. Otros países vecinos menos demócratas que nosotros van a aplicar este año la misma ley con criterio casi siempre restrictivo, y obligarán a cumplirla a todo el mundo. Lo mismo que con la demagogia de la inmigración. No somos racistas y eso los saben muy bien los recién llegados. Y claro que estamos de acuerdo en que vengan a nuestro país los que lo deseen para ampliar sus opciones, pero no porque no tengan otra alternativa. Del mismo modo que nosotros nos instalamos en otras latitudes porque el mundo es de todos pero no para escapar de una ratonera o inscribirse en una “franquicia” criminal. Por otra parte las migraciones masivas, aunque no tengan un carácter de invasión militar son un factor de inestabilidad y de alienación de la comunidad receptora al margen de sus sentimientos piadosos. Aunque otra cosa son las asociaciones de recién llegados, con entidad jurídica. Los inmigrantes lo son como individuos singulares, pero no como colectivos. Enfrentar grupos foráneos a la comunidad receptora constituye una intrusión “tumoral” en el cuerpo social. Quiere esto decir que si cualquier inmigrante tiene derecho a asociarse como otro cualquier ciudadano a un partido, a una sociedad, una entidad o un club, no es razonable que lo haga como nacional de otro país en tanto que tal. No puede convertirse en un grupo de presión ajeno a las intereses generales del país receptor, en cuanto tal. Este fenómeno crea inevitablemente el enfrentamiento. Porque el que se pertrecha contra la sociedad receptora como ante algo hostil y no acata las normas vigentes como individuo, rechaza comportarse como ciudadano para adquirir un poder marginal como miembro de una “secta”. Y en cuanto a los países islámicos, prueben a solicitar la construcción de una iglesia o busquen para sus hijos un colegio religioso o sencillamente cristiano y ya me darán la respuesta. El rasero de medir tiene capacidades muy distintas –o ninguna-- para las intolerantes sociedades musulmanas. No hablo ya de las muestras externas de piedad como llevar un crucifijo pendiente de una cadena, porque lo consideran una provocación aunque sean ellos los que se han trasladado a un país culturalmente cristiano sin que nadie lo demandase. Para poner freno a la incultura, la cerrilidad, la intolerancia y la prepotencia de los forasteros integristas, hay que controlar la entrada de extranjeros. No es preciso que nos remontemos a fechas luctuosas que todos tenemos presentes. Darío Vidal 02/01/2008 |
Inmigrantes o invasores (02/01/2008 19:33)