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Publicado: 29/04/2008


 

UN CONTRADIÓS


Mi abogado es una mujer; mi médico, también. Yo he escrito, he dicho, he perorado, he opinado y he defendido la igualdad de la mujer –o sea que, por mi parte, “está escrito” como dirían los profetas-- y consiguientemente he manifestado que separar a la mujer del mundo es mutilar al mundo. Más aún: he optado decididamente por la aportación femenina a la gestión, el pensamiento y la economía, pero sin hacer dejación de su valiosa identidad, su instinto y su intuición que tanto aportan a la certera intelección de las cosas. Porque para hacer las cosas como los hombres, se bastan ya los hombres. Solo las mujeres pueden abrir nuevos cauces al discurso, la sociedad y la vida. Creo que en eso estábamos de acuerdo con Dulce María Loynaz y María Zambrano.

Si algo me produce rechazo –y tal vez me adentro aquí en el terreno de lo políticamente incorrecto-- es ver a una mujer de la brigada municipal con una espuerta de grava o vistiendo un uniforme militar. No me hablen de Agustina de Aragón, que se dedicó a picar carne humana al ver muertos o malheridos a los artilleros de la batería a los que traía de comer.

Pero lo cierto es que no me provoca nada una ministra del Ejército. Aunque tal opinión me desahucie como contertulio radiofónico, y me arruine como persona razonable, moderna y progresista. Qué vamos a hacerle. Al fin, decir lo que uno piensa tiene el valor de la liberación. Mi amigo Quevedo decía: “¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice; nunca se ha de decir lo que se siente?” Él mantuvo libre y gloriosamente lo que pensaba, incluso del poderoso Conde-Duque de Olivares. Y no le importó ir por ello a la cárcel. Así es que cuando le llevaron a la mazmorra “cargado de grillos”, debió decir con alivio lo que Cyrano --el ensueño de Rostand-- al hacer callar a una compañía de cómicos mediocres: “Sí, pero ¡y el momento!”.

Tal vez ustedes no lo compartan. Mas para mi es un contradiós ver a una mujer que es la expresión viviente de la Vida, sobre todo cuando otra nueva comienza a latir en su seno, pasar revista a las fuerzas adiestradas para matar y combatir, una actividad acaso necesaria pero funesta. Un contradiós como el que perciben los creyentes sinceros, los devotos practicantes y los pacifistas convencidos cuando ven a un obispo revestido de pontifical, con báculo y mitra bendecir los cañones preparados para segar la vida de otros semejantes, de otros prójimos desconocidos, que carecen de rencor y de odio hacia nosotros, aunque han sido reclutados muy a su pesar para defender contra nosotros, tantas veces, los más bajos y sucios intereses envueltos en las suntuosas hopalandas de las palabras más altisonantes, más prestigiosas, más nobles, más sagradas y tal vez más engañosas de cuantas manejan los hombres “Ad majore Dei gloriam”, o sea para mayor gloria de Dios.

Naturalmente que una mujer puede hacer lo mismo que un hombre. Ahí tenemos el dudoso ejemplo de Golda Meir, Indira Gandhi y Margaret Thatcher. Pero no debería hacerlo si queremos alumbrar un futuro diferente inspirado en otros valores. Conocemos ya cómo equivocarnos. Vamos a probar cómo no hacerlo.

Darío Vidal

29 abr. 2008



 

       Un contradiós (29/04/2008 12:19)


Publicado: 24/04/2008


 

EL ENANO TRANSFORMISTA


Hace tiempo que no me comunico con mis lectores de Internet. Decidí callar porque, a un paso de los comicios, la extensión del fraude, la mentira y el engaño, y la magnitud de la tergiversación, el impudor y el cinismo de quienes no son capaces de mantener la palabra ni sostener su opinión, hacen imposibles y supérfluas la ironía y la crítica.

No es la primera vez que me hago el “harakiri” al descubrir que el paisaje no nos devuelve ni el eco. Y el impúdico espectáculo de los políticos, negando lo que afirmaron y afirmando lo que habían negado para acomodarse a lo conveniente, y la miserable danza de afiliaciones, adhesiones y apostasías de funcionarios, pretendientes y paniaguados en el vals de las colas, mueven al desprecio y el desdén. No es cosa reciente. Movía estos días unas fichas de periódicos del XIX y lo que aquí afirmo se queda en pura broma. Claro que entonces los sinvergüenzas tenían un barrunto de honor, los diaristas “cargaban revólver”, y en las afueras de las poblaciones se oían disparos cada amanecer.

Ya no me aventuro a asegurar que no me iré otra vez, para no sufrir el sonrojo de reaparecer como hacen algunos matadores de toros en cuanto despunta la primavera. Es la verdad que, hoy por hoy, parece que me aguantan por los sobacos como a los diestros malheridos y, si me pongo nuevamente en pie, es porque no quiero sufrir mi silencio como una afrenta.

Todas las invenciones de los hombres ruedan cuesta abajo. Hasta los negocios familiares --y aún puede que esos en mayor medida-- se desvirtúan y desfondan con el paso de tiempo. ¿Lo han advertido alguna vez? Todas la iniciativas humanas no solo nacen con fecha de caducidad sino con plazo de de deterioro y decadencia. Siempre que un empeño surge con determinación de pervivir y un poco menos cargado de defectos que la media, cosa harto difícil y costosa, “la Muerte pone huevos en su herida” como refería García Lorca a propósito de la cornada que sufrió su amigo el torero Rafael Sánchez Mejías “a las cinco en punto de la tarde” para acabar con él.

Unas veces la decadencia surge por incuria y abandono, otras por incompetencia; otras por no pararse a contar las piezas que faltan si es que falta alguna, por no reparar cómo está constituido el artificio, o por el deseo de borrar la huella de los primeros, si no es por soberbia y desconocimiento de los límites de las propias fuerzas. El que no puede cazar, se contenta con los despojos, aunque la ingestión de carroña impregne de su hedor cuanto se toca.

Siempre, en esos casos, hay un enano transformista que se aúpa sobre las puntas de los pies para alcanzar a tirar la mermelada que otros guardaron sobre el anaquel de la alacena. Y siempre suele alcanzarla. “Imposible la dejasteis para vos y para mi”, suena entonces la voz de don Luis Mejía refiriéndose a doña Inés de Pantoja. El segundón alimenta su encarnizamiento contra el creador --del mismo modo que Salieri con Mozart--, con la envidia que destila su admiración impotente y rendida. Mientras que el partero de la ocurrencia no entiende por qué chapotean en el barro de lo que fue una idea hermosa, desvirtuándola acaso para siempre. Pero se limita a despreciar con el corazón todo, al enano transformista.

Darío Vidal

24. abr. 2008

 

       El enano transformista (24/04/2008 12:27)