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MÁRTIRES DE GUANTÁNAMO EN NAVIDAD
Quién dijo Infierno. El infierno lo instauramos nosotros haciendo acopio de toda injusticia, toda sinrazón, toda crueldad y toda impiedad: un tormento hecho y aplicado en su desmedida brutalidad, a la medida de los hombres. No culpemos a Satanás. El Infierno es, más que las llamas imaginadas, el martirio infinito de Guantánamo, donde los recluidos, aislados en habitáculos que llaman gallineros, a temperaturas asfixiantes bajo un techo de uralita, colocado no para resguardar del sol sino para concentrar el enloquecedor calor del trópico, gritan, lanzan alaridos como las bestias, se revuelcan en el cemento ardiente, encadenados de pies y manos a bolas de acero como en los calabozos del siglo XVII, o permanecen inmóviles, perdido ya el juicio y reducidos a una existencia vegetal mediante técnicas de inhibición sensorial que impiden que oigan, vean y experimenten estímulos, aislados con tapones, guantes y capuchas. Y si sus voces resultan demasiado molestas, introduciendo en las bocas un artilugio parecido a las “peras de ahogo” que ponían a los locos hasta el siglo XIX, privándoles casi respirar y del menor atisbo de libertad. Sería comprensible tanta crueldad gratuita en el Diablo, que sirve de chivo expiatorio para lavar nuestras culpas porque podemos esperarlo todo de él, pero nadie acierta a comprender la aterradora vesania de un país que se dice cristiano y se proclama a sí mismo la primera Democracia del planeta, mientras el resto de las naciones repiten, con adulación lacayuna y servil, que sí, que encarna el mejor de los mundos, como decían de la URSS sus sometidos. Esta mañana, la radio nos ha devuelto a la vida y la vigilia con el atroz reportaje de urgencia que Vicente Romero ha preparado durante una filmación estremecedora para “Documentos TV” en el penal militar estadounidense de la costa cubana, donde lo peor, con serlo, no es ya la tortura de imaginarios terroristas culpables y malvados, sino el hecho de que más del ochenta por ciento de los secuestrados –porque están detenidos con cargos supuestos pero sin pruebas, sin juicio, sin esperanza, sin asistencia letrada y sin garantías-- son inocentes reconocidos, comprados a cinco mil dólares por cabeza como puro ganado a los Señores de la Guerra afganos, para dar la sensación de que la Inteligencia militar norteamericana es tan eficaz que al poco del 11-S ya habían caído en sus manos todos los terroristas de las Torres Gemelas. Naturalmente menos Bin Laden cuya familia mantiene con la de Bush cordiales lazos comerciales y amistosos desde hace dos generaciones. “¡Merry Christmas!” Pero el Mal no es un poder manejable y estanco. Esos soldados tan minuciosamente deshumanizados a los que han lavado el cerebro, suturado la compasión, extirpado la piedad y robado el alma, comienzan destruyéndose a sí mismos porque acaban odiándose. Pero además viven en el terror de lo que han hecho y, al volver a casa, tienen que proveerse de armas para infundirse valor y, cada vez con más frecuencia, agreden, roban, violan y asesinan, porque con los valores han perdido la capacidad de amar. “¡Feliz Navidad!” Los Señores de Guantánamo y Abú Ghraif, como los de Mauthausen, son responsables de violar la dignidad del hombre. Pero nada nos exime de una parte de culpa. No carguemos todo en las alforjas del Diablo. Tenemos que expiar la culpa de desentendernos. Y ellos demandan a gritos un Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra. Darío Vidal 04/01/2008 |
Martires de Guantánamo en Navidad (04/01/2008 20:56)