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Publicado: 27/02/2007


 

EL DIABLO ENTRE LOS JUECES


Aquí lo que cabrea -lo que nos cabrea a usted y a mi y a aquel señor- no es que los políticos nos mientan, que es algo a lo que estamos hechos, sino que lo hagan con tal desprecio de la inteligencia. Lo que incomoda --por no decir que jode-- es que una partida de mediocres sin fantasía ni una pizca de preparación intelectual que les permita suponerse por encima de nosotros, tengan la impudicia de faltarnos al respeto creyéndonos más tontos aún que ellos.

Por ejemplo el neonato ministro de Justicia, el que dice ser y llamarse Mariano Fernández Bermejo, quien está decidido a hacerse una reputación apresuradamente --como si presintiese que a este paso no va a durar-- culpaba ayer al Tribunal Constitucional de no haberse renovado cuando eso es algo que compete al Parlamento, y dice hoy que los ayuntamientos tienen que ceder terrenos orientados hacia La Meca para construir cementerios islámicos, pasando por alto que el problema no está en los terrenos, sino en que, por razones de salud pública, en nuestro país no están permitidas las inhumaciones sin ataúd como prescribe la tradición islámica. Cada día una ocurrencia. Aunque sea impúdico exhibir tanta ignorancia por parte de los políticos. Pero si lo que se pretende es vender populismo por encima de las normas o disparar insidias desde el Ministerio de Justicia contra los propios tribunales exhibiendo un cinismo provocador, no es de extrañar que el propio Consejo Superior del Poder Judicial haya adoptado la decisión de “reprobar” formalmente al nuevo ministro. Una situación realmente novedosa.

Aquí lo que nos irrita –a usted, a mí, a aquel señor y a Ramón Tamames al que oí ayer una espléndida entrevista por la radio-- es que el presidente del Gobierno eche pelillos a la mar cuando trata del terrorismo y esgrima la falacia de que “tóo er mundo es güeno” para justificar a los asesinos, convirtiendo a las víctimas en culpables. Todo con el honesto propósito de dar cauce a una megalomanía enfermiza e inscribir así su nombre insignificante en la resolución del problema que se ha empeñado suscitar. Vive, el pobre, el síndrome del pirómano doblado de bombero para convertirse en el héroe que ha extinguido el fuego. Y a un enfermo de esa condición no le importan las hectáreas devastadas, ni le sobrecogen los hogares arrasados, ni le conmueven los ganados calcinados, ni desgraciadamente los cristianos que hayan de quedarse en el camino. Le importa solo cumplir su propósito. Por eso anda ahora intercambiando “regalos de pedida” con Arnaldo Otegui en espera de la dote de la excarcelación de De Juana Chaos, con quien el Estado fascista que sufrimos se ha cebado haciéndole pagar con ocho meses de reclusión cada uno de sus veinticinco asesinatos, o, por mejor decir, “los veinticinco incidentes casuales con resultado de muerte”. No sea que se enfaden si no extremamos la delicadeza porque son muy puntillosos en materia de honor. Todo antes que frustrar el enlace. Y que sea lo que Dios quiera.

Darío Vidal

27/02/07

 

       El diablo entre los jueces (27/02/2007 18:04)