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Publicado: 24/02/2005


 

NUESTRO O DE LA IGLESIA


Ay doña Carmen Calvo, Carmen de España, Carmelita mía, gitanilla de ''clisos'' negros, de pícaros ojos chispeantes y vivaces a quien no debo llamar Excelencia porque no quiere don Zapatero que lo sea, ni me atrevo a tratar de tía buena -dicho sea con el mayor respeto y la más rendida devoción-, por que no parezca desacato ni menosprecio, aunque no he hallado mujer -ni varón- que se ofenda de veras por que le digan que nos gusta mogollón, un montón, una exageración, una ''hartá'' o ''jartáa'' si se prefiere. Sí, ya sé que en ocasiones hay que actuar en consonancia con el reparto y por eso temo menos que se ofenda por decirle ramito de albahaca, yerbabuena y jazmín, que porque se lo diga un varón a una feminista. Si es por eso, no me considere tal, pero guárdeme el secreto si le confío que lo primero que hago por las mañanas al desflorar el primer periódico es buscar su mirada en las páginas. Qué vamos a hacerle.

Mas por si nada de ello basta para mitigar su enojo, cuando le diga que no estoy de acuerdo con que el Estado retire el ''uno por ciento cultural'' que destinaba a restaurar iglesias, monasterios y catedrales, deseo hacerle patentes un par de cosas: que no soy un beato, un meapilas, un santurrón, ni un ''capillita'' como dicen en su tierra, y que yo también anduve metido en la danza que hoy usted, pero recibiendo tarascadas de la alta clerecía cuyo patrimonio costeaba, y recibiendo en las espinillas pese a que me llamaban Excelencia, aunque no me lo creí, porque si hay algo en nosotros de bueno o excelente, no nos lo otorga el cargo fugaz que nos sorprende, sino la propicia disposición de muchos años, así que se trata de una bondad que trajimos y nos llevamos con nosotros.

Dicen en Aragón que ''la gente de bonete, donde no saca, mete''. No soy experto en cabildeos eclesiásticos pero aprendí que no resulta fácil nagociar con el estamento sacro. Está siempre dispuesto a recibir por amor de Dios, pero es remiso a dar, otorgar, compensar y mucho menos regalar. Es más proclive a la avaricia que a la largueza. Pero quédese ello para los clérigos.

Mire usted ojitos de luciérnaga, chispita de cruz de mayo, rocío de alhelí, no sea tosca en sus análisis de rojilla folklórica, que es andaluza y mujer. Mire usted doña Carmela que nadie ha conseguido jamás que la Iglesia suelte un duro. Pero es que sus bienes, cuando menos los inmuebles, son nuestros aunque hablen de la feligresía. Cada cual da a las cosas el nombre que le conviene, pero esas imágenes, esas rejerías, esos cálices, esos tapices, los pagaron su santo abuelo y el mío, seamos piadosos o no. Y nuestra obligación es hacer perdurar esos bienes por muchas razones, aunque bastará con citar tres, excluyendo la del culto que languidece: la belleza de esos palacios, de esas fortalezas de carácter religioso; su valor artístico e incluso histórico, y la poderosa atracción que ejercen en los turistas. Tradúzcalo. Si es usted coherente, suprima la Semana Santa de Sevilla y los primeros que se le amotinarán son los hoteles.

El Ministerio de Cultura tiene el deber de velar por todo el patrimonio, incluídos los bienes muebles de la Iglesia que llevan tantas veces una existencia nómada y azarosa como aquel sagrario rondeño que custodiaba el mejor whisky en un ''pub'' escocés de Aberdeen. Y sobre todo no consienta que los salafistas construyan mezquitas, ni ese integrista de Abderrahmán Ruíz que pide condenar a muerte a los cristianos y que va a edificar en Sevilla una con petrodólares de los Emiratos Árabes. ¡Mire que eso es peor!

Darío Vidal

24/02/05

 

       Nuestro o de la Iglesia (24/02/2005 20:58)