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Publicado: 16/02/2005


 

MEDITACIÓN DE KYOTO


Charlando un día con Aurelio Peccei, entonces presidente del Club de Roma, surgio la palabra barbarie y haciendo un alto quise saber qué entendía él por tal. Era una idea que por lo visto había madurado largamente porque me dijo sin titubear que era el desajuste entre un elevado poder económico y una baja condición moral. Aquella lúcida definición me ilustró sobre las sociedades opulentas y las indigentes, y entendí por qué los humildes son tan humanos, solidarios y generosos, mientras los acomodados se inhiben de los demás.

No soy un predicador ni un moralista, así es que no me propongo convencer de nada ni administrar el agua bautismal, pero puedo asegurar que las primeras son felices y las segundas desdichadas. Todo lo que nos aleja de los hombres nos aleja de nosotros. Y cuanto nos aparta de la propia Naturaleza nos hace más artificiales e inhumanos. El hombre en contacto con los animales y el campo estaba, para amarlos u odiarlos, próximo a sus vecinos. Y rara vez caía en la soledad, la melancolía y la depresión. Unos estados de ánimo que hoy protagonizan nuestras vidas. Consecuentemente la felicidad ha huído de nosotros y una juventud sin propósitos ni empatía vaga por las viejas ciudades de Europa ausentándose de sí misma, apelando al olvido mediante narcóticos o revolviéndose airada contra todo hasta matar, porque es profundamente infeliz. Hemos tomado el camino equivocado. Tenemos de todo pero nos falta el otro, tenemos sexo pero carecemos de amor. Y los valiosos chicos de nuestras ONG regresan deseando marcharse porque añoran la amistad y la alegría que han dejado entre los pobres, conscientes de que ''solamente lo barato se compra con el dinero'', como proclamaba en su canción Facundo Cabral.

No juzguen estas reflexiones como una homilía. Es una experiencia vivida por los chicos de la postguerra que transitamos desde un país muy menesteroso y necesitado, pero unido, alegre y feliz, a otro inhóspito poblado por desconocidos que condenan y se han condenado a la soledad. En este ''País de las Maravillas'' no tienen cabida, como en el resto de la próspera Europa, los elementos no productivos. De modo que a los ancianos inservibles y abandonados, condenados a la soledad, y a los solitarios niños neuróticos de la ciudad, encerrados en casa y sin un amigo entre tanto compañero, les recetan un animal de compañía. Un ser vivo al que hablar y acariciar, capaz de darles la amistad que les falta.

Parece un gran rodeo pero me ha parecido el atajo más corto para recordar que hoy, miércoles 16 de febrero de 2005, entra en vigor el Protocolo de Kyoto que nos compromete a reducir la emisión de gases de efecto invernadero, cuando España la ha incrementado en un cincuenta por ciento desde que lo firmó, pese a que está sufriendo ya la invasión del desierto por el sur y vamos a ser los más afectados de Europa. Se prevé un incremento de siete grados en la temperatura media de la Península y una elevación de medio metro del nivel del mar hasta final de siglo. Si no volvemos en nuestro ser y reprimimos la avaricia; si no nos contentamos con comer y preferimos hartarnos; si no volvemos en nosotros mismos y recobramos la cordura; si seguimos pensando que el hombre está hecho para el sábado y no el sábado para el hombre; si seguimos confundiendo felicidad con cuenta corriente, acabaremos con la Vida.

Hay que destronar la Barbarie y desarmar a los bárbaros que no firmen o no cumplan el Protocolo de Kyoto que hoy entra en vigor.

Darío Vidal

16/02/05

 

       Meditación de Kyoto (16/02/2005 17:44)