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Publicado: 13/02/2005


 

SE INCENDIAN LAS OLIMPIADAS


He pasado la noche viendo arder impotente, desazonado y lleno de zozobra, el edificio Windsor en el paseo de la Castellana de Madrid. A la hora en que escribo, mientras decae la luz del domingo, siguen sin registrarse víctimas pero el fuego no está todavía controlado. La enorme estructura de treinta y tantos pisos no se ha declarado vencida y la escalera de setenta y cinco metros que coronaba el edificio y que tanto preocupó porque podría haber constituído una tea incandescente de haberse precipitado al vacío sobre las terrazas de los inmuebles vecinos, permanece enhiesta en su sitio sin rendirse. Se teme ahora el enfriamiento porque dicen los técnicos que, al reves de lo que sucede con las estructuras metálicas, la mayor fragilidad del cemento coincide con el periodo en que recupera su temperatura normal. Pero en cualquier caso, es de justicia elogiar la robustez y la competencia con que el rascacielos fué construído.

Pero el fuego es tan aterrador como el agua y tan imprevisible como los reptiles, capaces de lanzarse subitamente airados como un látigo, con las fauces abiertas, para atacar cuando los creíamos dormidos. Varias veces pareció remitir y estuvo aparentemente detenido durante casi una hora en la planta catorce, hasta que comenzó a descender hacia los pisos inferiores como sucedió en el ''World Trade Center'' contra lo previsible. Los profanos seguimos suponiendo que las llamas se propagan hacia arriba y ascienden como el humo que es el novio de las nubes. Pero las nuevas tecnologías parece que se atreven incluso a contradecir a la Física.

Salvo la circunstancia capital de la falta de víctimas, por la que hemos de felicitarnos y dar gracias a Dios, esta atroz llamarada inextinguida tiene algo en común con la de Nueva York el 11 de septiembre. Aunque el hecho de producirse una noche de sábado ha coadyuvado al milagro pese a que un edificio tan vasto de oficinas debía alojar numerosos vigilantes, como el que dijo avisar desde la planta 28ª sin que volviera a saberse de él.

Comenzó a arder por la mitad y se propagó hacia abajo; era el centro de despachos y oficinas probablemente más importante de la capital y se hallaba en el centro de la zona de negocios, y seis de sus plantas estaban ocupadas por la misma multinacional que se repartía varias en las Torres Gemelas.

En este caso, sin embargo, todo el mundo se ha apresurado a manifestar desde ayer mismo que se trataba de un incendio originado por un cortocircuito. Ójala. Pero esa prisa por desvanecer toda sospecha antes de que el ojo de los expertos pueda reconocer el edificio -si es que puede-, resulta aventurada después de la falsa alarma que originó el desalojo del Estadio Bernabeu, la bomba que estalló en Ifema antes de que los Reyes inaugurasen ARCO, y este suceso a sólo horas de que los miembros del Comité Olímpico Internacional visitasen Madrid para ver el escenario de las Olimpiadas del 2012 solicitadas para España, con la obsesión de la seguridad.

Cualquiera que sea la causa, este suceso es un traspiés para nuestras aspiraciones, pero la tentación de ocultar puede traer peores consecuencias. En todo caso el balance no es tan negativo. Ahora vamos a cruzar los dedos mirando esa estructura que esta tarde ha comenzado a azotar el viento.

Darío Vidal

13/02/05

 

       Se incendian las Olimpiadas (13/02/2005 18:07)