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Publicado: 11/02/2005


 

AMOR CON PUÑETAS ROJAS


Ataviado con un elegante terno de entre acomodador de teatro y cazador de zorros, con cuello y puños de discreto color rojo a juego con el vestido de su prometida y ex amante Camila Parker-Bowles, Carlos de Inglaterra lucía ayer una sonrisa que quería ser de satisfacción al anunciar su próximo enlace. Una sonrisa forzada de estreñido ni distendida ni sincera que es consecuencia sin duda de su reprimida existencia junto a una progenitora de acero y basalto nada inclinada a las efusiones de la maternidad.

A dos años de los sesenta, el Príncipe de Gales ha debido sentirse hasta hoy el ser más fracasado de la Tierra, primero en el terreno afectivo y luego en el profesional, porque las nuevas ideas que pudo tener han debido quedarse viejas sin aplicarlas. Aunque tal vez no hubieran favorecido nuestra relación porque es un conspicuo y acérrimo hispanófobo que no disimula su fastidio, su acedía, su desgana y su ''spleen'' cuando no tiene más remedio que asistir a los eventos de la familia real española, siempre fugazmente. Cabe esperar no obstante que en su nueva luna de miel no cometa más groserías ni perpetre nuevas vejaciones a propósito de Gibraltar porque van a ir de viaje de novios a la soleada Escocia. Gibraltar le trae mala suerte.

Mas lo que cuenta ahora es que, aunque sea en el umbral administrativo de la jubilación, le hayan permitido por fin casarse con Camila. Aunque en fin, mal comenzamos porque a la Casa Real Inglesa no ha debido parecerle bien el atuendo de Su Alteza -la estrafalaria veste de cuello y puñetas rojas ya descrita-, porque ha difundido unas fotos oficiales en que van vestidos ella con un traje de chaqueta anodino de gusto muy isabeliano, y él con el consabido ''kilt'' de cuadros.

No tenemos noticia de cómo ha sentado en Buckinham la confidencia de la novia sobre ''la escena del sofá'' que interpretó el Príncipe de Gales para declarársele -ridícula para narrada-, aunque no será peor de lo que sentó en 1992 la revelación de aquellas inconveniente conversaciones telefónicas grabadas en que el caballero de las orejas aladas expresaba ciertas pornoescatológicas fantasías relacionadas con sus tampax y su flujo menstrual. Hay cosas que según quien no debe decir ni por teléfono, a poco prudente que sea. Aunque de puertas adentro allá cada cual.

Pero a la gente normal, quiero decir a la no insular sino del Continente continental, se le caen los palos del sombrajo al enterarse de que la boda del que será jefe de la Iglesia Anglicana -o sea su Papa- no va a ser religiosa sino civil. Y que aún así han sido precisas bastantes trampas para posibilitar este laborioso enlace.

No sólo se tambaléa el trono en el Reino Unido, como se echa de ver. Nada es firme hoy en el mundo entre tantas convulsiones. Tal vez le convenga este temblor para que se reasiente y reacomode en el nuevo milenio.

Pero sobre todo, en un tiempo de amores tan benignos y demésticos que se extinguen antes de que caduque la garantía de los electrodomésticos de la boda, ese amor rebelde, romántico y sincero que pervive desde hace 35 años, merece la mejor fortuna. De corazón. Nosotros no somos rencorosos.

Darío Vidal

11/02/05

 

       Amor con puņetas rojas (11/02/2005 22:21)