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Publicado: 10/02/2005


 

CAMILA Y CARLOS, BODAS DE SANGRE


El zamacueco de Carlos tiene suerte de no ser electo ni elegible; vaya, de que las Monarquías no sean instituciones electivas porque su sosería, su pasmo y su escasa empatía le otorgarían unas posibilidades tirando a penosas. Únicamente hoy ha mostrado su rostro más amable, y casi expresivo, tras el anuncio de su próximo enlace con Camilla Bowles Parker. Ha dicho que su vida hasta ahora se ha parecido mucho a una tragedia griega. Y hombre, no es para tanto. La de la princesa Diana sí que fué de película de miedo. Tan de miedo, que murió en una macabra soledad dorada, joven, bella y en pleno esplendor, presintiendo que iba a morir, según ella vaticinaba, en un complot.

Nadie sabrá nunca -o acaso sí- cuales fueron las circunstancias exactas de su muerte en el parisino paso deprimido del Puente del Alma, ni si estaba encinta de Al Fayed ya que impidieron que se le hiciese la autopsia, ni si el conductor del coche blindado de la pareja estaba ebrio o bajo el efecto de las drogas cuando perdió el control, ni por qué corría tanto, ni si era indispensable aquella huída por mucho que fuese el acoso de los ''paparazzi''. Dicen que cuando la rescataron aún vivía y que dijo unas palabras, pero se ignora cuales y a quién las dirigió. Todo eso ha pasado al repertorio de las leyendas urbanas, aunque la historia de Lady Di rebasa la categoría de lo cotidiano para instalarse en la esfera de lo mágico. Su tristísima existencia marcada por el desamor se redujo a dar herederos a la Corona y morir. El fatum de la ''glamourosa'' princesa de Inglaterra, y mejor aún de los ingleses como se ha demostrado en la devoción fervorosa del pueblo, estuvo marcado por la intriga, otra mujer, un ''malo'' y una bruja vestida de Parca que tejió implacable su destino.

Aunque bien mirado, el hombre y la mujer también resultaron víctimas del colosal embrollo palaciego urdido por una monarquía clasista y anticuada. Carlos y Camila no fueron, aunque lo fuesen, dos caprichosos adúlteros sino una pareja de enamorados desde casi la adolescencia, a la que la reina Isabel II, investida del papel de Destino, separó por razones de alcurnia. No pudo. Pero desencadenó un turbión de calamidades, logró la infelicidad de sus más próximos y deterioró la imagen de su Casa.

Diana se vengó administrando a Carlos la misma medicina y colmando de deshonor a soberana y heredero. Paso a paso trocó su convivencia en un vodevíl, haciendo explícita su relación con un amante no británico, plebeyo y musulman, sin la ciudadanía británica y de quien esperaba un hijo bastardo: un hermanastro mestizo de africano para el futuro rey de Inglaterra. Algo que no podía tolerar de ningún modo la Casa Real.

Pasados los años, la Reina Madre que entorpeció la boda con Camila, la autoriza cuando el sacrificio impuesto a su hijo se ha revelado inútil y va a cumplir sesenta años, después de un eterno noviazgo trágico. Probablemente ambos han asumido que ya no será rey. Pero nadie puede vaticinar los próximos deslices del rebelde segundón Enrique, tan falto de su madre como rencoroso con la Reina a quien detesta por no haberla querido. Una terrible historia de fracaso.

No es lo mismo el inglés que el español pero, visto desde aquí, el título que va a ostentar Camila resuena como una última burla a Lady Di. Sera Duquesa de Cornualles. Cielo santo, Majestad, con esas cosas no se juega.

Darío Vidal

10/02/05

 

       Camila y Carlos, bodas de sangre (10/02/2005 21:06)