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Publicado: 19/12/2004


 

EL INCESANTE ALEJAMIENTO


He pensado alguna vez después de una larga convivencia con sus líderes, que el nacionalismo, que no es más que la denominación cobarde, asumible y light del separatismo, es un proyecto que se agota en sí mismo. Los nacionalistas no tienen un proyecto de nación ni un programa ulterior que dé sentido a su propósito. Su pretensión se reduce y acaba en la separación. No desean la saparación para iniciar un modelo distinto de andadura, para acometer un proyecto trascendente o para alcanzar aspiraciones políticas que afecten a la recta gobernación de la sociedad. No. El nacionalismo es una coartada para que una clase política mediocre que no ha sabido o no ha sido capaz de implicarse en el proyecto colectivo más ambicioso y se siente frustrada y resentida, pueda instalarse en el poder, vendiendo cuentas de cristales de colores sin que el pueblo mejore su condición. Por eso los dirigentes nacionalistas no desean terminar de romper los lazos con su entorno, pues con ello agotarían su recorrido y no sabrían qué otro paso dar.

Me atrevo a formular hoy este pensamiento, aún a riesgo de enajenarme la proximidad de algún amigo adscrito a esa doctrina, porque acaba de expresarlo con meridiana nitidez el President de la Generalitat de Catalunya. Y algo sabrá él de todo eso. Pero como sólo somos dueños de nuestros silencios y en cambio esclavos de nuestras palabras, sus palabras han delatado al señor Maragall.

El señor Maragall ha dicho en el Foro de ''El Mundo'' refiriéndose al nuevo Estatuto que ''si esto sale bien, hay para veinticinco años, pero nunca cerraremos el modelo de Estado''. Se trata por lo visto de perpetuar un alejamiento incesante, sin ceder al error de la secesión que acabaría con su proyecto político.

He ahí la clave. ''Nunca cerraremos el modelo de Estado''. Se trata de prolongar un proceso interminable sin acabar de culminarlo, e instalarse en un chalaneo perpetuo. Se trata de continuar chantajeando en una inacabable porfía para obtener ventajas donde es imposible obtener más beneficios, sin plantearse que el debilitamiento de la totalidad significa la aniquilación de las partes.

El President pretende ignorar que la inmensa mayoría de los catalanes no se plantean la disyuntiva de ser catalanes o españoles porque nunca han vivido su realidad como una disyuntiva o una antinomia: se han considerado lo uno como consecuencia de lo otro. Pero para colmar su aspiración de acceder al gobierno de Cataluña que en todas las elecciones le ha sido esquivo, ha obviado la realidad y ha pactado con el grupúsculo siempre marginal de ERC, mientras se afana en crear intereses y asociar voluntades disponibles, fiel a la cínica recomendación de Benavente (''Crea intereses aunque sean bastardos porque ellos te sostendrán'')

No se puede negar que ha hablado claro. Y no se debe ocultar que los dirigentes del conjunto de la nación, si los tuviéramos, habrían de adoptar medidas para que esa porfía intestina y declaradamente interminable no empantanase nuestro destino de nación con vocación trascendente, como ha sucedido en el último siglo. Hay que cargar con ese lastre que nos debilita y contrarrestartarlo con más imaginación, más iniciativas y más trabajo, para que su acción debilitante no nos impida progresar, competir en el exterior y hacernos respetar en el mundo.

Si volvemos a ser algo, se disolverán los secesionismos.

Darío Vidal

19/12/04

 

       El incesante alejamiento (19/12/2004 13:06)