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Publicado: 12/12/2004


 

ALÍ BABÁ Y MONIPODIO


La mañana nos trae la noticia del censo provisional de la delincuencia extranjera en nuestro país. Quinientas cuarenta y tres bandas de ciento un países han sido detectadas hasta este momento, todas activas y con buena salud. Dios nos proteja. Y Él impida que sus redes de corrupción acierten a dar con las cifras a que se disuelven la voluntad y la moral de los funcionarios. Pues aunque personalmente sustento que no todo tiene precio, al revés de los que opinan que cada conciencia tiene uno, es mejor no poner a prueba la virtud de los humanos como nos aconsejaba, ahora hace cuatrocientos años, don Miguel de Cervantes en el relato del Curioso Impertinente.

He escrito en numerosas ocasiones que lo peor del crimen no es su anécdota por espantosa que sea, sino su surco de inmundicia y sobre todo la desconfianza que genera en la sociedad en que anida. Cada delito nos afecta y nos ensucia a todos, hace más posible el próximo, y acrecenta la desconfianza en los demás. Ese es el verdadero daño, el duradero, el capaz de cambiar la faz de una sociedad que había sido amable, compasiva y solidaria. Y suele ser un camino sin retorno. Por eso, todo el esfuerzo que empeñen los jueces y la policía para evitar que se extienda y cronifique el mal es digno de respaldo.

Cuando se viaja por muchos de los países tenidos tradicionalmente por peligrosos, salvando los insalvables que prefiero no mencionar, se descubre una disposición más confiada entre la gente y un trato más amable que el que dispensamos en esta tierra que ha sido hasta bien poco ponderada por la gentileza de sus moradores. En muy pocos años hemos oscilado de un extremo al otro, y España se ha convertido en un terreno inhóspito de gente hosca y desconfiada. No por culpa de los delincuentes extranjeros si hemos de ser justos. Ese es un mérito que hemos de reconocer a las sabandijas de la Eta. Si no otras cosas, eso sí que lo han conseguido: que desconfiemos los unos de los otros, como de nosotros mismos.

Supongo que los jueces y los cuerpos de seguridad no necesitan nuestro estímulo para actuar como deben, pero los ciudadanos les exhortamos a que perseveren y a no considerarse nunca por encima de la corrupción y del soborno porque también son humanos. Ellos saben, lo sabemos todos, que sin el apoyo y la cooperación de aquellos en quienes hemos depositado la confianza y el poder, no podrían desafiar a la sociedad y al Estado. Y sin distracciones sorprendentes motivadas sin duda por la acumulación de expedientes, no prescribirían plazos procesales ni se extinguiría la responsabilidad de los delitos.

Suenan las primeras noticias por la radio, con la alerta de que miles de delincuentes -quinientas cuarenta y dos bandas de criminales que no es poco- nos acechan y espían asentados en los parajes más hermosos de la Costa del Sol y de las Islas, robándonos el sol, para robarnos también con nuestros bienes materiales la seguridad, la apacibilidad, la confianza, la libertad en sentido estricto y un modo de vivir asentado en la cortesía y la convivencia que nos hizo singulares y, sobre todo, que nos hizo felices.

Nadie tiene derecho a robarnos ese patrimonio.

Darío Vidal

12/12/04

 

       Ali Baba y Monipodio (12/12/2004 11:57)