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Publicado: 04/12/2004


 

PEDAGOGÍA POLÍTICA


Apenas hace unos días recordábamos el trámite británico de definir los conceptos antes de iniciar un debate. Cuando menos, en el ámbito académico. En el de la política puede que sea diferente. Allá como aquí. Porque en política, la sinceridad es una ingenuidad, y la ingenuidad una falta imperdonable.

Apelar al equívoco premeditadamente para confundir al adversario, puede ser una práctica encomiable cuando se disputa un torneo deportivo pero no puede reputarse como una actitud limpia si se trata de política, sobre todo porque pone de manifiesto que el propósito del que engaña no es beneficiar a los ciudadanos sino imponer su grupo a los rivales. Quien se sirve de la falsedad no pretende el bien común sino el lucro partidista. Pero tal observación les parecerá a las gentes que se dedican a la ''res pública'' -o pesebril- de un candor hilarante.

Ignoro si los políticos carecieron siempre de pudor, o el descaro de los de ahora es consecuencia de la prisa y la eficacia del ''no hay tiempo que perder'', pero ceder a la tentación de alterar las reglas del juego en plena competición para beneficiarse cuando se ostenta el poder, es actitud de trileros y tahures.

En este momento, la pormación en el poder intenta cambiar las normas que instauró cuando estuvo anteriomente en el Gobierno, porque favorecen a sus rivales. Y no parece inquietarle que se descubra la tramoya y su huela la trampa. Si cambiara la situación impulsarían el retorno a la norma. Cuantas veces hiciera falta. Como dicen que sucedió en la reyerta del pretendiente a la corona, en la tienda del monarca del Cid. ''Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor''.

No se insinua que los unos sean impecablemente honestos y los otros rematadamente recusables. Lo malo del maniqueísmo es que, además de injusto, es falso. Sin embargo todos deberían entender que el debate y la acción políticos habrían de ser ejemplares, porque tienen una importante funcion pedagógica y se dirimen y ejercitan a la vista de todos. Nadie ignora que las prácticas viciadas suelen operar un efecto contagioso y profundamente negativo. Ortega pensaba que ''entre los que luchan se opera una increíble nivelación de temperamentos''. Algo que anticipaba nuestra sabiduría pupular con aquello de que ''puta la madre/ puta la hija/ y puta la madre que las cobija'', o que ''el que con un cojo va / antes del año cojea''. Es algo que hemos observado cuando en un país se degradan las costumbres a causa de la corrupción.

Pero cuando esos argumentos -o el defecto de ellos- se airean, se proclaman, se utilizan y se arrojan como un arma, los ciudadanos se hallan a merced de todos los sofismas porque toda sutileza individual se disuelve ante el hombre en grupo. Y el hombre en grupo, la persona en grupo, es enormemente vulnerable por la propaganda. El ser humano está aquejado de una honda pereza intelectual y no desea someterse al esfuerzo del análisis cada vez que ha de decidir. Delega en el grupo que le parece más afin, y sus ideólogos -es un decir- se emplean en encarecer, reiterar y repetir ''ad náuseam'' los argumentos convenientes, que se convertirán en razones a puro de ser oidos aunque sean despropósitos. Goebbels, el diabólico mago nazi de la comunicación, decía que lo repetido no hastía sino que convence. Y alguien ha dicho que las mentiras se vuelven verdad a fuerza de repetirse, que no es más que una formulación distinta de la misma proposición. Por eso la política sin ética es una actividad que puede conducirnos al infierno.

Darío Vidal

04/12/04















 

       Pedagogía política (04/12/2004 18:20)