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Publicado: 03/12/2004


 

LA ACAPARACIÓN DE ESPAÑA


Ayer meditábamos sobre la anemia separatista y la tentación aniquiladora de la disgregación. Pero hay que reflexionar también sobre la cortedad del centralismo separador. No es fácil dar y quitar la razón de golpe y por entero a una idea, un hombre o una postura. El bien y el mal, como la mentira y la verdad, van entreverados y confundidos como el oro y la ganga.

Hay un centralismo que ignora y margina, engendrador de rencor y alejamiento, que tiene una idea patrimonial de la nación y que ha llamado ''provincias'' al resto de los territorios, algunos cargados de Historia, como Roma a las colonias conquistadas. Ahora la autonomía parece haberlas hecho más respetables y las veleidades independentistas peligrosas y temibles. Pero en cuanto se relaja la tensión, Castilla torna a acaparar, usurpando la españolidad a las múltiples Españas. Y eso sí que habrá que enmendarlo un día, porque si no se produce una reeducación se agudizarán las disidencias y el odio.

Hay que afirmar que Castilla es España, pero que España no es Castilla.

Mas sabios que nosotros, algunos sabios monarcas se proclamaron mucho antes del nacimiento del Estado moderno, Reyes de las Españas. Unas Españas que formaban parte del abigarrado y colorista caleidoscopio de la Españas plural en que todos se sentían a gusto porque todos tenían su sitio.

Los postreros Austria castellanizados, absortos en la estepa y de espaldas al mar, y posteriormente el unitarismo napoleónico radical alentaron de nuevo la vieja propensión patrimonialista de Castilla, puesta de manifiesto históricamente en la absorción de los terrenos que reconquistaba para hacerlos suyos, frente a la tendencia liberadora y sabia de los Reyes de Aragón que creaban reinos amigos pero libres.

Esa fué su gran ocasión de acaparar España y la aprovechó. Y los pueblos con savia, con proyecto y con memoria que aún no habían muerto como Aragón, empezaron a albergar la tentación de desvincularse de su dominio, y en el caso de que las otras tierras se resignaban a ser castellanas, a desgajarse también de ellas.

Cuando los niños de mi generación estudiábamos la versión nacional-sindicalista de la Historia de España teníamos la impresión de ser unos polizones que vivíamos en ella de prestado, porque las naves de Huelva, los capitanes de Extremadura, y los ejércitos y sus héroes de todos los confines de la patria llevaban el adjetivo castellano. Luego, las autonomías periféricas han inventado una historia igual de falsa pero más delirante. Y para remate y con objeto de que no andemos a la greña por adjetivo de más o menos, no se enseña ya la Historia.

Pero en cuanto Castilla, que no está dispuesta a aprender lección alguna levanta la cabeza, estamos en las mismas. Ahora no es sensato tentar a Cataluña, tan vindicativa y encrespada. Pero como los catalanes no quisieron nunca a Fernando porque era Trastámara y los aragoneses han perdido la memoria y el pulso, están volviendo a pintarlo como un espectador en Granada; un observador de la empresa americana que él financió con ayuda de Santángel, y poco más que una sombra en la gobernación de Castilla, muerta la Reina. Aquél estadista sagaz, diplomático astuto, valeroso soldado, administrador prudente, e intrigante sutil e inteligentísimo que tomó Maquiavelo como modelo para describir al ''Príncipe'' renacentista, resulta que, según las últimas biografías de Isabel La Católica, fué poco más que un camarero distinguido. ¡Qué provincianos!

Darío Vidal

03/12/04

 

       La acaparación de España (03/12/2004 02:55)