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Publicado: 01/12/2004


 

LAS INCÓGNITAS DEL SIDA


Hoy lloramos el sida. No conmemoramos, rememoramos, recordamos, ni celebramos -¡cómo íbamos a hacerlo!- esa terrible pandemia hasta hace veinte años desconocida. Lloramos a cuarenta y siete mil españoles y a veinte millones de personas, en su mayoría jóvenes, que han muerto por su causa dejando muchas veces huérfanos sólos, futuros inciertos, existencias sin horizante y vidas rotas.

El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, que llamamos SIDA con la inexpresiva enumeración de sus iniciales, como si se tratara de la marca de un coche, a la manera que les gusta a los norteamericanos (SEAT, USA, EEUU, URSS, CU, UE...) se ha cobrado esa escalofriante cuota de víctimas, y los expertos están avanzando cifras que prefiero no retener. Sobre todo en lo que se refiere a África.

Vivimos aterrados, entre otras, por una dolencia que ya conocían en Roma y llamaban por la característica morfología y el desarrollo de sus tumores, ''cangrejo'' -cáncer-; seguimos con dolencias catarrales y constipados -gripe-, con las agresiones venéreas menores que parecía haber derrotado el doctor Fleming y con la espantable plaga decimonónica de la sífilis. Se recrudecen viejas dolencias bíblicas olvidadas, como la lepra; renace la tuberculosis y parecen volver los males de que murieron nuestros abuelos. Algo falla. Sobre todo porque tornamos a los viejos contagios del desaseo y la miseria como los piojos y las chinches. Y algún sanitario dice sin comprometerse que hay laboratorios que están sembrando liendres y larvas de parásitos periódicamente.

Parece que mitigamos las dolencias y a veces las curamos sin erradicarlas. Y cuando parecía que lo habíamos logrado, nos enteran de que los laboratorios se han guardado en su álbum de recuerdos cultivos con microorganismos mórbidos, so pretexto de que no nos conviene perder la memoria de cómo eran y cómo los combatimos. Así que tampoco las enfermedades desaparecidas han desaparecido. Y además los aprendices de brujo se aplican a la ingeniería bioquímica y a guardar los demonios en sus redomas.

La vida es mudanza y movimiento. No deben extrañar las mutaciones que pueden alterar los organismos vivos, grandes o pequeños, para dar origen a seres nuevos y enfermedades diferentes. Pero el curso de la vida es lento. Y es difícil entender esa suerte de ''pestes'' súbitas y desconocidas como la que se declaró en la base norteamericana de Torrejón, que acabó con varios oficiales en pocas horas y llamaron intoxicación de la Colza por darle algún nombre. Tampoco es comprensible la irrupción repentina de enfermedades desconocidas, virulentas y mortales. Como sucedió con el sida.

Un día le oí decir a un africano culto sin rencor, con el convencimiento de lo evidente y la mansa aceptación de lo inevitable como si se tratase de un capricho de la Naturaleza, que los blancos habían sembrado la enfermedad en Africa para mermar la población negra. Sentí un escalofrío y quise contestar, más me contuve. Me vino a la memoria la imagen de Jruschov cuando, en plena Guerra Fría, aseguró con temerosa perplejidad y sin un ápice de complacencia que si alguna vez escapasen de los laboratorios lo que los biólogos tenían encerrado, la Humanidad tendría motivo para temer por su futuro.

Esa debería ser la otra línea de investigacion del sida.

Darío Vidal

01/12/04

 

       Las incógnitas del sida (01/12/2004 20:54)