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Publicado: 23/08/2002


 

Forrest Gump



Si no fuera que es lo que es, cabría pensar que es tonto. Que también.

Esa lumbrera de la política, ese prodigio de la diplomacia, ese portento de la economía, ese lince de los negocios, ese azote de la Naturaleza al que llaman don Chorbuch, va a pregonar que nos quitemos todas las muelas para que nadie tenga flemones, y que nos corten la cabaza para desterrar las migrañas, y que extirpen los cerebros para ahorrar el pensamiento, siempre enojoso, molesto y discrepante, además de generalmente empecinado en oponerse a sus designios. Nadie parecemos entenderle, no solo cuando proyecta acciones inexcusables como bombardear Oriente Medio, sino tampoco cuando dicta normas tan razonables como la de talar los bosques para evitar que se quemen. Lo que es coherente con su predisposición a industrializar la Antártida, con la negativa a suscribir el protocolo de Kyoto y con la oposición a que sus soldados se atengan a la convención de Ginebra o se sometan al Tribunal Penal Internacional.

Dios del cielo ¿qué pecado cometimos para merecer tal orate, tal plaga, tal castigo? ¿Cómo puede ser que Forrest Gump consiga encaramarse si no en la cúspide del poder -que reside en las madereras, las petroleras, las armamentistas y las acereras como siempre- sí cuando menos en la cúspide de la jerarquía mundial?

No solo la ética está herida, también la estética y la inteligencia han sido vejadas.


Darío Vidal


230802

 

       Forrest Gump (23/08/2002 00:27)


Publicado: 06/08/2002


 

EL ÚLTIMO ALAUITA



Después de que ese jovencito licencioso con perpetua vocación de adolescente llamado Mohamed VI, exhortase a sus vasallos a conquistar las ciudades españolas del norte de África, que lo eran siglos antes de que existiese el topónimo 'Marruecos' ni hubiera población asentada en la zona, un imán acaba de predicar la 'guerra santa' contra España y en el turbulento barrio ceutí de El Príncipe, habitado por airados marginales dedicados a la delincuencia han comenzado a movilizarse y los autobuses urbanos que circulan hacia la frontera de El Tarajal han de ir escoltados por la policía municipal porque los agitadores organizan emboscadas y perpetran ataques a los desconocidos.

Verdad es que el barrio del El Príncipe ha sido siempre un nido de malhechores, inmigrantes incontrolados, narcotraficantes y proxenetas. Pero en este momento alguien los organiza para que se conviertan en una 'fuerza política popular' reivindicativa de la marroquineidad de Ceuta. Tal pretensión parece una broma de verano, pero no se debe ignorar lo que significa una apelación a 'la guerra santa' en el seno de una población analfabeta, hambrienta y crecientemente fanatizada, que está comenzando a experimentar los primeros brotes de integrismo violento. Una razón más para que el gobierno de España actúe con diligencia y toda la contundencia disuasoria. Nada de dejar pasar el tiempo porque los musulmanes saben aguardar hasta que se pudren las cosas.

Tampoco sería prudente menospreciar el desembarco sistemático de centenares de marroquíes cada día en nuestras costas, para infiltrarse como una quinta columna hasta en los pueblos más recónditos y sedientos Seiscientos mil en pocos meses. Un ejército. Una invasión alentada por sus autoridades, que así se libran de parados, disidentes y contestatarios al tiempo que atraen el dinero fácil de los emigrantes. No parecen entender que ese alivio momentáneo conspira contra la estabilidad del trono porque la comparación de las dos sociedades, en un sentido, y la predicación de la pureza doctrinal en el otro, van a conmocionar el país.

Y no estamos en tiempo de guerras frontales en campo abierto; sabemos ya que la guerra de nuestro tiempo se libra desde las cloacas, los depósitos de agua y la casa de enfrente, como anunciaron los estrategas más lúcidos después de la última guerra convencional: “La guerra del futuro -que es nuestro presente- será el terrorismo”. Estamos padeciendo una desde hace treinta años y no vemos el final. La que se avecina si los políticos no toman medidas urgentes y enérgicas, es imprevisible.

Una cosa es dar cabida a unos trabajadores norteafricanos que vienen huyendo de la tiranía, el paro y el hambre, avalados por un contrato de trabajo, y otra muy distinta acoger a delincuentes fanatizados, sin oficio ni deseo de tenerlo, que cruzan el Estrecho con un propósito de conquista anclado en el siglo XI, y que pueden actuar 'por motivos religiosos' siguiendo el rito purificador que han utilizado con el científico español Jorge Federico Magraner la pasada semana, sin que él entendiera por qué, en el Valle de Kailash-Chitral en Peshawar, el célebre enclave de la guerra de Afganistán.

He conocido marroquíes magníficos como mi querido Abdelkader de la alkazaba de Tetuán y el babuchero de Xáuen cuyo nombre no citaré para no procurarle de nuevo las molestias que mi amistad le acarreó, pero sus dirigentes han hecho un flaco favor a nuestros pueblos con su política de incumplimientos y traición.

Fiel a una tradición de infidelidades, el protagonista de la chapuza del islote del Perejil tampoco es gente de fiar, de creer, y de respetar. Si alguien dudaba de que aquel hijo malquerido y despreciado por Hassan II podía o no representar una alternativa para Marruecos, pudo desengañarse durante el primer viaje que realizó a España como rey, rodeado de sus efebos y algunos amigos, que se fueron a buscar chaperos por las esquinas de Madrid para organizar una orgía en la residencia que le prestaba el Rey de España, donde no dejaron un cortinaje en su sitio, un mueble derecho, un jarrón entero, ni una alfombra sin pringue. Y lo de menos son las preferencias sexuales de cada cual, que con su pan se lo coma; lo de más es que un hombre culto, un diplomático, un señor, debe 'saber estar' en todo lugar y circunstancia. Ni siquiera un déspota que tiraniza a su pueblo como él, puede permitirse comportamientos tan groseros.

Abúlico, indolente, perezoso, torpe, mediocre y vulgar, Mohamed VI conseguirá convertirse por sus propios méritos en el postrer alauita, el último rey de su país, como acaba de afirmar un conocedor de su talante y sus maneras. España y Francia concedieron la independencia a Marruecos en 1956 y un año más tarde Mohamed V se proclamaba rey de una Monarquía hereditaria y autocrática; en 1961 heredó el trono Hassan II, que amasó una fortuna a costa de la miseria de sus súbditos, y distrajo la disidencia y el hambre de su pueblo invadiendo sin un solo tiro el Sahara español, aprovechando la agonía de Franco y la inseguridad política del momento, con la ayuda de nuestros leales amigos los Estados Unidos de América. El último rey de la que será muy breve dinastía, es este botarate absentista que prefiere la motonáutica, el esquí y las largas estancias en Europa con el dinero del que carecen sus súbditos, acaso para acostumbrarse a la vida del exilio al que le abocará un delirio de conquista que puede llevar a miles de marroquíes a la muerte en descabelladas pendencias bélicas.


Darío VIDAL


060802

 

       El último alauita (06/08/2002 19:13)